24 octubre 2006

La laguna

Este año, como el anterior, Ana me pidió que escribiese un cuento para el concurso que organizan por estas fechas.

El año pasado no escribí nada y este año tampoco lo iba a hacer. Pero ayer, durante la siesta, volví a tener un sueño un poco raro. Desde luego, no todo lo que escribí salía en el sueño. Sólo pequeñas partes. El resto se me fue ocurriendo. Lo pongo porque esto, al fin y al cabo, también forma parte de mi estancia aquí.

De repente, se encontró con una de aquellas piedras. Tantos años deseando poder echar un vistazo en una de ellas y ahora, por fin, tenía su oportunidad. No sabía de cuánto tiempo disponía. No sabía quién era el dueño ni cómo había llegado hasta allí. Sólo que estaba allí y que, si se decidía a utilizarla, su vida cambiaría.

Porque la vida de un engendro de pantano cenagoso no era la mejor de las vidas. Siempre escondiéndose de los engendros mayores pero siguiéndolos a distancia para comer de sus despojos. En ocasiones, cuando el hambre acuciaba se veía obligado a cazar, pero siempre existía el riesgo de que la posible presa no fuese más que un cebo y que unos dientes afilados esperasen tras el feliz momento de la captura, para devorarlo cuando estuviera confiado y comiendo.

Aquellas piedras, según había oído, te transportaban a otros mundos. Mundos de aguas cristalinas, donde no había engendros mayores y se podía descansar a la luz del sol sin necesidad de salir a superficie (con el consiguiente riesgo de ser devorado por uno de esos engendros voladores de grandes garras y fuertes picos).

Había oído tantas cosas. Todas ellas alucinantes. Aquellas piedras habían sido el principal tema de conversación de sus hermanos engendros, los que habían nacido de la misma bolsa que él y con los que creció hasta cumplir 2 meses. Hasta los dos meses la vida de un engendro de pantano era muy sencilla. Protegidos por su minúsculo tamaño y bajo el suelo cenagoso del pantano, nadie les podía comer. De alguna manera sabían que llegaría un momento en el que tendrían que salir de allí, más que nada porque pasado ese tiempo se quedaban sin comida, y los más fuertes tendían a olvidar los lazos familiares dando buena cuenta de los hermanos más débiles.

¿Y qué engendro no había escuchado las famosas historias del engendro centenario, que con una de aquellas piedras viajó a todos los lagos y lagunas del mundo? Aquel engendro decía que había algunas tan grandes que en el sitio más profundo, a pesar de ser sus aguas trasparentes, no llegaba la luz. Otros tan fríos que aún siendo verano era imposible salir a la superficie pues una capa de agua congelada de varios engendros de longitud lo impedía. También había lagos peligrosos, con tantos devoradores de engendros por unidad de agua que era imposible sobrevivir más de dos días siendo un engendro completo. Para eso ser un engendro tiene sus ventajas. Se te podían comer cualquier parte del cuerpo y seguir viviendo. Siempre volvía a crecer hasta adoptar la forma anterior.

Luego estaban las historias que nadie se creía, como aquellas de la laguna llena de engendras que se mataban entre ellas por poder estar con un engendro de pantano (esta no era creíble porque cambiaba según se lo contasen a un engendro de pantano o a uno de charca) o aquellas en las que había surtidores de donde salía la comida de tal forma que un engendro sólo tenía que colocarse delante durante toda la vida e ir engordando y engordando hasta estallar. Puede parecer increíble, pero todo engendro desea morir estallando. Y las familias de aquellos que lo consiguen se sienten muy afortunadas. Una vez conocí a una engendra que había perdido a 850 hijos y 726 habían desaparecido estallando de diversas formas. Nunca he visto nunca una engendra tan feliz.

Por fin tendría historias que contarles a sus futuros hijos. Historias como las de aquel engendro centenario. Había una de ellas, hablaba de una laguna. Se llamaba la laguna del canto del engendro pues los engendros son tan felices allí que se pasan la vida cantando. No hay depredadores de profundidad y los de superficie emigran cuando hace calor así que se puede subir y flotar con la mitad del cuerpo al aire tomando el sol hasta estallar. En invierno el agua nunca se congela y las engendras son de lo más promiscuo (sin llegar a matarse entre ellas).

Claro que también había oído historias terroríficas sobre engendros que habían usado mal una de esas piedras y habían acabado sus vidas sufriendo las consecuencias. Historias como la de aquel que se equivocó al elegir destino y en lugar de pensar en la laguna de estallido pensó en la laguna del estampido y terminó sus días en una laguna artificial con medio engendro de profundidad alrededor de la cual no paraban de producirse estampidas de manadas de engendros terrestres gigantes. Estos engendros gigantes nunca se metían al agua y por tanto nunca tuvo la posibilidad de morir estallando bajo una de sus patas (así como morir estallando es lo que más desea un engendro, el tener la muerte por estallido cerca y no alcanzarla es lo que más infeliz le hace). Él no quería eso así que estuvo dudando durante bastante tiempo. Después de todo, su vida actual no estaba tan mal. Quizá no tenía muchas posibilidades de morir en un estallido pero por lo mismo, tampoco era un infeliz. Si se iba corría el riesgo de perder aquello.

Al cabo de unos días tomó una decisión. Se iría. Una vez estuvo completamente seguro se despidió de todos a los que conocía que le fueron deseando la más estallante de las muertes. Se dirigió hacía la piedra, la envolvió con su cuerpo mirándola con atención hasta verse reflejado en ella. Pensó en su destino: la laguna del canto del engendro. Lo pensó con intensidad y con la mayor claridad posible. No quería acabar en algo como la laguna del "llanto" del engendro. Repitió el nombre (el correcto) una y otra vez y cerró los ojos (los 56) para concentrarse mejor.

Sintió cómo una fuerza le absorbía arrastrándole en una espiral ascendente. Se estaba mareado pero aguantó sin abrir los ojos (había historias de engendros que se habían vuelto locos por abrir los ojos durante el viaje). Cuando al cabo de unos segundos todo se detuvo a su alrededor por fin se atrevió a mirar.

Sólo vio unos dientes enormes y afilados que se cerraban. Después, la oscuridad.



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1 comentario:

martuky dijo...

Ante todo curioso... va a ser que si...

Un petonet locooooo!!