01 enero 2007

Para todo hay una primera vez

Hace ya un tiempo que trato, con mayor o menos éxito, de extirpar los prejuicios que me he ido creando a lo largo de mi vida. Considero que tienen poco de útil si quieres que cada nuevo día de verdad sea nuevo y no la repetición de vivencias pasadas. Pero dejemos esas tonterías que, en realidad, sólo me sirven a mí y a mi particular concepción del mundo. El hecho es que, gracias a mi interés en deshacerme de mis prejuicios logro que casi nada me sorprenda en el sentido de romperme los esquemas, que junto a los prejuicios, también he ido eliminando de mi mente. Supongo que esta actitud mía me ha venido bien al venir a un país como Angola, tan distinto de España, pero todo tiene un límite y hoy, por primera vez desde que llegué, mis esquemas se han roto (señal inequívoca de que todavía me quedan algunos).

Como en las mejores historias, todo comenzó en una soleada tarde de verano, concretamente el jueves pasado. Con nuestro coche "nuevo" fuimos a comprar a un supermercado sudafricano. Una vez allí, no pude resistir la tentación de hacerme con los servicios de un abrelatas de estos grandes, con los que apenas hay que hacer esfuerzo debido a esos maravillosos inventos que son la palanca y la rueda dentada. Recuerdo, como si hubiera sido hace 4 días, cómo mi mano se cerró alrededor del artefacto y luego lo dejó caer dentro del carrito de la compra, todo ello a cámara lenta.

Para comprobar su buen funcionamiento compré también dos botes de leche condensada. Claro que no estoy seguro de si los botes habían ocupado su lugar en el carro antes que el abrelatas, lo cual dejaría al descubierto una serie de incógnitas tan inquietantes y perturbadoras que, dado que este blog también lo leen niños de corta edad, mejor ni me planteo.

Así pues, fue de éste y no de otro modo como el abrelatas y los botes de leche condensada se introdujeron en mi vida africana. No sospechaba yo nada de lo que ocurriría después, y de haberlo sabido quizá esas tres cosas no habrían subido nunca los 5 pisos sin ascensor que nos separan de la calle. Pero el hecho es que subieron e hice con ellos, tonto de mí, lo que se suponía que se debía hacer: utilicé el abrelatas para intentar abrir uno de los botes. Y aquí es donde comienza el segundo acto de esta tragedia. Por más que lo intenté no conseguí hacer otra cosa que una pequeña abertura por la que apenas escapaba un hilillo, como de plastilina, del viscoso y blanco elemento. ¿Es o no para echarse a temblar?

Tal era mi grado de excitación que me vi obligado a abandonar (momentáneamente) la empresa. Pero el fracaso había quedado grabado a fuego en mi memoria y esta tarde, mientras dormía la siesta, un deseo de algo bueno se ha ido apoderando de mis papilas gustativas primero y de todo mi cuerpo después. Como un autómata me he dirigido a la nevera, donde el "bote apenas abierto" me esperaba. Por un momento me ha parecido entrever que un cuerpo de mujer sustituía al bote y me susurraba "tómame". Y claro, ¿qué iba a hacer yo? (a partir de ahora prometo no tildar de imbéciles a los que entran a las casas encantadas en las películas)

Nota: para que nadie se lleve a error diré que cuando, abrelatas en mano, he atacado de nuevo el bote de leche, la imagen de la mujer había desaparecido por lo que, al igual que yo, el lector avispado debería descartar cualquier tipo de mecanismo de proyección.

Sabía que tenía que cambiar de estrategia, dado que la primera tentativa había resultado un completo fracaso, salvo por lo de los hilillos que, a decir verdad, lo único que hacían era constatarlo todavía más. Por ello, pese a la creciente desazón que amenazaba con dar al traste con esta nueva incursión, empleé buena parte del tiempo, que creía que podría aguantar sin volverme loco, en observar el mecanismo del abrelatas. Me cercioré, no sin asombro y notando como un escalofrío recorría todo mi cuerpo, de que ese abrelatas no era normal. Era imposible que, con ese artefacto diabólico, consiguiera abrir el bote tal y como había abierto todos y cada uno de los botes que habían pasado por mi vida. Y entonces fue cuando entreví el abismo que se cernía delante de mí. Un pozo de insondable negrura en el que aquellas dos cosas, que irónicamente sostenía con mis manos, amenazaban con arrojarme. Lo había comprendido todo. Pero casi no quedaba tiempo.

Con un último y supremo esfuerzo levanté la mano derecha y puse el abrelatas en posición horizontal, lo encajé en el borde del bote y comencé a utilizar el engranaje. Cada vuelta de la rueda era un suplicio, pero yo sabía que era el bote o yo. Y cuando uno se encuentra frente a una situación de esta índole, el instinto de supervivencia le otorga una energía que nunca hubiera creído poseer.

Tras un minuto, que sin duda ha sido uno de los más largos de mi vida, todo había terminado. El esquema había sido destruido y yo podía dar buena cuenta del bote de leche condensada. Justo premio para el vencedor.

Feliz Año Nuevo a todos :-D

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3 comentarios:

nushu dijo...

XDDDDDD...

**que recuerdos, ese bote de leche condensada, abierto como en la foto. Y de donde comíamos con cucharitas, hasta vaciarlo, entre mis hermanos y yo.

Al final, cuando descendía la leche,iban apareciendo cucharitas q habían caído,irremediablemente, en el fondo.

^_^

Anónimo dijo...

Lo de los abrelatas debe ser genético.Yo el primero que tuve en mis manos fue a los 22 años, en el llamado servicio militar, era mucho mas simple que el tú explicas, era un simple abrelatas, y no pude abrir una lata de atún el primer día,para merendar en la cantina del soldado, luego en 14 meses me hice experto.ajotaemece.

martuky dijo...

Todo es cuestión de tiempo y de ganas... desde luego!!

Feliz año!!