22 mayo 2023

Viajes transatlánticos in a Barbie World

Antes de Cristobal Colón, la navegación oceánica tendía a no alejarse de la costa. Había buenas razones para ello:

Con la tecnología existente en 1492, América estaba a más de 30 días de navegación de Este a Oeste. Una auténtica locura para la época. A pesar de ello, Colón convenció a los Reyes Católicos para que le financiasen una expedición que nadie había cartografíado hasta entonces. Portugal ya controlaba una ruta hacia Asia. Una ruta larguísima que bordeaba toda África (ejemplo de navegación sin perder de vista tierra firme). Por eso, cuando Colón le pidió en primer lugar financiación al monarca portugués para realizar una ruta supuestamente más corta pero incierta, éste se la negó. Para España, en cambio, cualquier alternativa, por descabellada que fuese, parecía mejor que no tener nada. 

Colón pronto demostró que algo de lo que decía saber era cierto. De entre todas las rutas posibles, eligió la más rápida para llegar a América. La misma que aún hoy siguen utilizando los navíos modernos. Y volvió a repetir "buena fortuna" a la vuelta. Tanto a la ida como al regreso aprovechó las corrientes que se siguen utilizando hoy para cruzar el Atlántico Norte. 

Treinta años después del primer viaje de Colón, Magallanes otro antiguo súbdito de Portugal, se pasó al bando español e inició la primera vuelta el mundo. El inicio del viaje fue fácil. Utilizó la ruta de Colón para llegar a América y después siguió la costa de Sudamérica hasta doblar, por primera vez, el cabo de Hornos. A partir de ahí, se encontró un panorama completamente inexplorado. Si Colón supuestamente conocía dónde ir al encuentro de las corrientes que le llevarían por el camino más corto hacia América, Magallanes, una vez en el océano Pacífico, no tenía ni idea de cuál era la corriente a tomar, ni dónde comenzaba, ni cuánto iba a transcurrir hasta el siguiente avistamiento de tierra. Desafortunadamente para él y la tripulación, tuvieron que navegar hasta el actual Perú antes de encontrar una corriente que les llevase hacia Asia. Y, a partir de ahí, aventurarse en un viaje el triple de largo que el de Colón antes de avistar tierra firme de nuevo. 

Sólo 18 de los 238 hombres que partieron de Cádiz con Magallanes consiguieron dar la vuelta al mundo. Él no fue uno de ellos. Los motines, el escorbuto y los altercados con algunos nativos que fueron encontrando acabaron con la mayoría de la tripulación. Ése fue el precio de descubrir, y cartografiar, una nueva corriente oceánica, la que fluye de América del Sur a Asia. 

Pero faltaba una más, la corriente que permitiría hacer el camino inverso: viajar de Asia a América. De nuevo, fueron los españoles, forzados a ello por el dominio portugués de las rutas comerciales a través del Índico, los que acabaron cartografiándola por primera vez. En 1565, tras varios intentos infructuosos, el fraile Andrés de Urdaneta comandó el primer tornaviaje.

El tornaviaje abriría paso al intercambio comercial directo entre Asia y América, cuya costa Oeste estuvo dominada por el imperio español hasta la guerra de independencia de México en 1815. Durante 250 años, el llamado galeón de Manila  (normalmente compuesto por varios navios comerciales y otros tantos de guerra que los protegían), navegó periódicamente entre los dos continentes. 

¿Pero qué ocurría si un barco, por culpa de una tormenta, se veía arrastrado lejos de una de esas corrientes? Ése era el mayor temor del marinero a partir de entonces. El verse, no ya perdido, sino detenido en medio del océano sin viento que empujase las velas o una corriente oceánica que arrastrase la quilla. 

Un barco que acabase perdiendo su tripulación en esas circunstancias, un navío sin gobierno, podría verse encerrado dentro de esa zona inerte, por corrientes oceánicas, para siempre. 

Y eso es lo que ha estado sucediendo en las últimas décadas con el plástico. Esas zonas inertes se han convertido en el punto final de los vertidos del mundo. Si Colón hiciese hoy de nuevo su primer viaje, cruzando el Atlántico, no vería plástico a proa o popa. Las corrientes oceánicas desplazan el plástico fuera de su camino, encerrándolo en las enormes superficies de agua que hay entre dos, en el caso del Atlántico Norte, la que va y la que vuelve de América. 


Documental RTVE
Documental RTVE
La "isla de plástico de Colón" contiene 200.000 piezas de plástico por km2 pero, curiosamente, no parece haber crecido durante las últimas décadas, a pesar de que el consumo de plástico de nuestro hemisferio se ha multiplicado. ¿Será que hemos aprendido a reciclar?

La respuesta a esa pregunta depende de lo flexibles que seamos a la hora de definir reciclaje. 

Cuando aprendimos que si seguíamos vertiendo basura en nuestro océano más cercano podía resultar en que alguna de esa basura volviese a nuestras inmaculadas y turísticas costas, comenzamos a utilizar métodos "alternativos". Los países que más presumimos de reciclar hemos aprendido que, pagando a países asíáticos para que se "encarguen del reciclaje", mantiene nuestras calles limpias y nuestros vertederos en buena forma. Por no hablar de nuestras conciencias. Todo ese intercambio de basura por dinero es supuestamente legal (al fin y al cabo, las leyes las redactamos nosotros). Aunque, si no se puede hacer legal en un 30 % de las ocasiones, tampoco pasa nada.

Así que, una vez visto el problema que nos acarreaba llenar el Atlántico Norte, hemos ido llenando el resto de océanos. Según cómo miremos al mapa de las corrientes, hay entre 5 y 8 de esas zonas inertes, que hoy en día son enormes, descomunales islas flotantes de plástico. La mayor de ellas, la del Pacífico Norte, es también la más estudiada (ver documental de RTVE). La cantidad de basura que contiene se ha multiplicado por 100 desde los años 70. Según el criterio que se elija para medir su superficie, la isla de plástico del Pacífico Norte mide, como mínimo, como Francia y España juntas. Pero podría fácilmente contener a todo USA y sus 9 millones de km2. Creada por décadas de verter basura al mar desde el Este asiático, sigue creciendo, y cada vez más rápido


Como ocurre con el cambio climático, se tiene el conocimiento y los medios para detener el contínuo vertido de residuos al mar. Y, como ocurre con el cambio climático, no se hace por intereses creados, en este caso de las empresas de "reciclaje". El negocio está claro. Una serie de grandes empresas se encargan de hacer desaparecer la basura que producen los países desarrollados. Y cobran muy bien por ello. Pero reciclar, en el sentido de reutilizar, es caro. O por lo menos, da menos beneficios a unos pocos que vender la basura a empresas de países pobres, que serán las que la tiren al mar.

De esto modo, gracias a sus descendiente europeos y americanos, si Elcano volviese a circunnavegar el globo, o si el Galeón de Manila realizase de nuevo su ruta comercial, la mayor parte de sus rutas por el Pacífico tendrían avistamientos de plástico a babor. 

Ecoembes, el modelo español que no cambia nada.

En el caso español, la organización que se encarga de llevarse mucho dinero mientras buena parte de  nuestra basura acaba en el océano, o en el Mediterráneo (y 2), es Ecoembes. Nacida en 1996, con directivos muy bien pagados pero supuestamente sin ánimo de lucro, un 90% de su accionariado está compuesto por grandes empresas embotelladoras (Coca Cola, PepsiCo...) o distribuidoras (Mercadona, El Corte Inglés...)

Todos conocemos la parte pública de Ecoembes, son esos contenedores donde se pide al ciudadano que deposite los envases previamente separados. 


Desde su aparición, múltiples estudios independientes han denunciado que Ecoembes no recicla más de una cuarta parte de lo que debería. Lo que sí hace es presionar al gobierno local, regional o nacional de turno para impedir el desarrollo de alternativas más sostenibles. Y dado lo bajo que han puesto el listón, cualquier cosa lo es. Lo que da una idea del poder que tiene Ecoembes, que lleva casi 30 años dando números de reciclaje que ningún organismo independiente ha sido capaz de cuadrar, siendo lo más lógico que la diferencia acabe en el océano. 

SDDR: la mejor alternativa al modelo Ecoembes. 

SDDR no es más que recuperar un modelo que ya existía hasta no hace demasiado. 

Paso 1. Depósito: pagas un precio por el envase. 

Paso 2. Devolución: cuando devuelves el envase, te devuelven el precio que pagaste por el envase.

Paso 3. Retorno: el envase vuelve a la cadena de producción para ser reutilizado. 

Aplicando SDDR, 2193 toneladas/año de envases no acabarían en la naturaleza. Un informe estatal (de 632 páginas) realizado por Tragsatec analizó cómo funciona el modelo SDDR en otros países y lo comparó con el método vigente de Ecoembes (llamado SCRAP). 

En otros países europeos, SDDR se ha implantado para muchos de los tipos de envases ya. 


Tragsatec propone en su estudio dos modalidades de SDDR para implantación en España, que se diferencian en los tipos de envases que se podrían reciclar con ellos. 


En la siguiente tabla se muestra los ratios de recuperación entre el modelo actual -SCRAP- (con datos proporcionados por Ecoembes que se reducen a una tercera parte según quién lo estudie...) y lo que resultaría de aplicar SDDR (en las dos modalidades diferentes, EBSS1 y 2). SDDR siempre resultaría mejor, o mucho mejor, incluso comparándolo con las mejores cifras que Ecoembes reporta. 


Como cosa curiosa, fotografías de algunas de las máquinas de retorno de envases que se utilizan por Europa. El funcionamiento es sencillo, metes los envases y se contabiliza el dinero que se tiene que devolver. 


¿Cómo se puede cambiar a SDDR?

A día de hoy, Ecoembes tiene el monopolio del reciclaje y, como contribuyentes, pagamos impuestos para que haga su trabajo (aunque no lo haga). Son las administraciones las que pueden cambiar la situación (obligando a Ecoembes a cambiar su modelo o abriendo el sistema de reciclado a empresas alternativas). Y somos los ciudadanos los que podemos presionar a las adminstraciones, desde el ayuntamiento, la región o el gobierno nacional, a que lo hagan. En el siguiente enlace hay más información.

https://www.retorna.org/forms/particulares


¿Qué pasa con otros residuos?

Si el plástico se recicla poco,  a pesar de que en la mayoría de los casos ya existe la tecnología para su separación y reuso [1,2], cuando el reciclaje es más difícil la situación se complica. Así es como han ido apareciendo, siempre en países pobres, montañas y ríos de ropa [1,2,3] o componentes electrónicos [1,2]. La ropa, normalmente creada mezclando varios materiales textiles, o bien se reusa o directamente se tira. Se van haciendo avances para su reciclaje pero es muy complejo y costoso [1]. La situación mejora algo con la electrónica: se llega al 12% de reciclaje. En cambio, contienen productos sumamente tóxicos, como ácidos o metales pesados, que dejamos a los países en desarrollo

Llama la atención cómo, a pesar de que apenas se recicla, existe un enorme volumen comercial relacionado con la compraventa de deshechos [1,2]. Es muy probable que los mismos productos pasen por varias manos hasta encontrar su vertedero. Y cada mano sacará algo de tajada. Es la magia de nuestro mundo financiero. Es capaz de hacer ricas a múltiples empresas que no sólo no hacen nada de provecho, sino que, en conjunto, acaban creando un problema que, antes o después, como aquel armario donde se esconden trastos a presión, nos caerá encima. 




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