Según la teoría de la
disonancia cognitiva,
las personas no quieren plantearse si sus actos pasados han sido incorrectos sino sentirse bien con
ellos. Siguiendo un razonamiento parecido, un amigo me recordó hace poco algo (bien) sabido: es mucho más fácil sentir atracción por alguien y dejarte llevar si tienes las pulsaciones altas, si estás riéndote, si estás emocionalmente inestable, si acabas de pasar por algún peligro y, por supuesto, si has bebido alcohol. En esas circunstancias es mucho más sencillo que la chica, que es la que suele tener ese derecho en nuestra cultura, acepte, o quiera, un primer beso. Y una vez aceptado
será mucho más sencillo que racionalice a favor del beso que en contra.
Por eso suele ser mejor la ambivalencia a la hora de ligar. Que
no sepan si estás o no estás. Que crean que puedes estar con cualquiera.
Esto hace que aparezca la duda, los nervios, que se incrementen las pulsaciones, y que terminen racionalizando que sienten algo por quien les hace estar así. "Hace un momento estaba
conmigo, nos lo estábamos pasando genial. Pero ahora se va y está
hablando con esa otra, con ese otro o se ha puesto a bailar él solo como
si nada más le importase". Así, los celos o la envidia podrían no ser otra cosa que una cronificación inconsciente de este cambio de sensaciones. De ese
estar pasándolo bien gracias a otra persona u objeto a que, de repente,
ese objeto o persona desaparezca y con él el pasárselo bien.
Si se consigue que el proceso se
repita lo suficiente el cerebro manda tantas señales de "quiero volver a
sentir eso" que la persona, a no ser que haga un gran esfuerzo
consciente en contra, termina por concluir que se siente atraída, o que
incluso lo necesita para pasárselo bien. Y tras ese tipo de
racionalización quedan pocas cosas que hacer. Pero ni siquiera es necesario llegar a la racionalización. Después de que se produzcan repetidamente ese tipo de sensaciones ya
quedarían pocas cosas que hacer. Porque lo normal, lo que hacemos casi
siempre, es creer a pies juntillas a nuestros sentimientos y
sensaciones. Y racionalizar como sea para estar de acuerdo con ellos.
Alguien podría decir que que los ricos, los famosos o los atractivos ligan más. Es cierto. Pero es por las mismas reacciones bioquímicas. Ocurre que parten con ventaja porque a la gente le sube el pulso cuando está frente a alguien así. Proyectan el llamado efecto halo del que
ya hablamos en otra ocasión. Y, como tienen un estatus alto, ni siquiera se tienen que preocupar por desaparecer y mostrarse ambivalentes: habrá otras personas que quieran captar su atención facilitándoles la tarea.
No obstante, leí hace poco un estudio que decía que hay culturas que consiguen no seguir a ciegas esos sentimientos. Así, aunque lo que contaba arriba es una realidad, su influencia disminuye enormemente cuanto más igualitaria es la cultura. Es decir, la forma de ligar cambia, la chica se vuelve más racional y se puede dar tiempo, días, semanas, para examinar al candidato detenidamente. No es que no siga sus sentimientos a ciegas sino que dispone de toda una serie de mecanismos aprendidos que le previenen contra ellos. Entre otros, quizá el más importante sea que su cultura le enseña desde que nace que no necesita al hombre para sentirse a gusto o segura. Y le ofrece alternativas para que así sea. Así, cuando hay un tío que les entretiene lo aceptan, pero si desaparece tienen recursos suficientes para no echarlo de menos en absoluto. Cuando el tío vuelve, se encuentra con que a la chica no le ha cambiado demasiado el pulso, apenas siente nada extra.
De esta forma, lo que busca una mujer de un hombre varía mucho según la cultura, derivándose de ello consecuencias importantes. Hace 35 años, cuando las mujeres no podían acceder a muchos puestos de trabajo en España, tenían que apechugar con una desigualdad enorme en las relaciones. Esta desigualdad estaba culturalmente aceptada como la forma más sencilla de sacar las familias adelante. Y lo estaba porque confluían una moral católica muy fuerte y una ausencia grande de puestos de trabajo. Con la democracia las cosas han ido cambiando. Pero no tanto. En lugar de producirse un machismo explícito, ahora se produce
un insidioso machismo benevolente, que es bien
aceptado por muchas mujeres y adolescentes pero igualmente dañino pues mantiene la
creencia, que además
se transmite por vía materna, de que la mujer es inferior y necesita al hombre. Por eso, las estadísticas no paran de recordarnos que España sigue sin ser un país igualitario.
Estamos muy lejos de Noruega, por ejemplo, donde se está comprobando cómo los niños empiezan a no tener vergüenza de comportarse como "niñas". O de Holanda, donde hace un año no paré de ver mujeres conduciendo tractores, camiones o pilotando barcos, tareas que en nuestra cultura estarían reservadas al sexo masculino.
En cualquier caso, no hay que olvidar que el hombre también se encuentra atado de pies y manos en una cultura sexista. Si se comporta "como una mujer", mostrando sus sentimientos, siendo abierto, cariñoso, presumido o empático, tanto mujeres como hombres le mirarán raro. Es así. Por muy mal que suene, en culturas sexistas, las mujeres buscan que los hombres dominen y los hombres buscas que las mujeres dependan de ellos.
Por último, resulta curioso cómo los llamados
mitos del amor se pueden convertir en un buen indicador de lo sexista que es una cultura y de la bioquímica subyacente, que hace que sigamos a nuestras sensaciones como si de leyes se tratasen. Estos mitos (media naranja, de los celos, de la pasión eterna, de la omnipotencia del amor, de la equivalencia entre amor y enamoramiento...), con una alta aceptación en la cultura española, alimentan la dependencia y la desigualdad.
Además, esos mitos son potenciados por la publicidad, las películas, las canciones, las series, los videojuegos,
el alcohol y las fiestas o los libros. Todos esos medios de entretenimiento no sólo enseñan, lucrándose con ello, que esas creencias son correctas, sino que lo hacen explotando la misma bioquímica para que su lucro se eternice. De esa forma, nuestro cerebro practica una y otra vez la búsqueda en el exterior de cosas que nos hagan felices, volviéndonos dependientes de ellas y perdiendo el control de nuestras vidas. Es decir, las nuevas generaciones, lejos de estar mejor preparadas para separar sensaciones de acciones, lo están cada vez menos, son cada vez más incapaces de producir su propia felicidad.
¿Y qué solución hay? La de Noruega. Que el estado se implique en cambiar las cosas, alentando la igualdad, desde que los niños empiezan el colegio.
Felices primeros besos a todos ;-)

El primer beso, sexismo y diferencias culturales