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17 abril 2007

Millones de años sin mojar

Había una vez unos ácaros del suelo que practicaban el ñaca-ñaca con fruición. Sin embargo, una bruja mala, a la que le provocaron alergia, les maldijo a tener que reproducirse por partenogénesis. De vez en cuando, de los huevos que ponían las hembras, salía algún macho. Todos (y todas) lo observaban crecer con suma atención (y deseo, por qué no decirlo). Pero, una y otra vez, el macho demostraba ser estéril.
Hasta que un buen día algunos de esos ácaros vieron una luz (cuyo origen no se ha podido determinar todavía) y treparon por un árbol para seguirla. Esto hizo que, sin darse cuenta, abandonasen el terreno donde podían afectar a las descendientes de la bruja. De esta forma, la alergia desapareció en una de ellas, que se puso loca de contenta. Y de tanta alegría decidió liberar de la maldición a esos (y sólo a esos) ácaros.

Ahora, después de millones de años, los bichitos han vuelto a sus orígenes. Y, por lo que cuentan nuestros reporteros, todavía no han hecho ninguna declaración. Sus vecinos los estorninos afirman ojerosos que quieren recuperar el tiempo perdido.

Visto en Science.

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05 marzo 2007

Angola y la Atlántida

Este fin de semana volvimos a salir de Luanda para ir a la playa. Otra playa desierta. Sólo para nosotros. El sábado compramos (por fin) una nevera portátil y oye, la bebida fría sabe distinto :-p

A veces pienso que en Angola existió una civilización perdida y que los habitantes de ahora no heredaron los conocimientos de sus predecesores. Me asalta esa sensación tan a menudo... Los colonos portugueses consideraron este país como un paraíso terrenal. Muchos vinieron y planificaron, construyeron, edificaron y modelaron con estilo casas, puertos, puentes, pueblos y ciudades enteras. Pero lo hicieron para ellos solos. Los negros, los habitantes originarios del país, no tenían opción de acceder a todo ello y, lo más importante, no sabían cómo se había contruido. Nunca tuvieron acceso a los conocimientos.

Cuando los portugueses huyeron del país (hace más de 3 décadas) el pueblo angolano invadió sus pertenencias. Ocupó las casas, los pueblos y las ciudades. Pero poco a poco, las preciosas obras de la arquitectura portuguesa comenzaron a sucumbir ante el paso del tiempo. Las lluvias, la suciedad, el fuego, las balas y la falta de cuidados convirtieron mansiones en simples conjuntos de cuatro paredes más un techo con cada vez más agujeros. Las avenidas mudaron de aspecto y pasaron a parecer ríos, donde las piedras son arrancadas de las aceras y arrastradas por los torrentes que se forman (el alcantarillado pronto se cegó) tras cada lluvia. La gente, a falta de papeleras, tira todo a la calle y los carteles que rezan "cuida los jardines" se elevan por encima de la maleza que nadie ha cortado en años.

Los edificios que se levantan ahora adolecen del más mínimo planteamiento urbanístico en el que ubicarse. El parque automovilístico, que no deja de aumentar, cada vez tiene menos sitio por donde moverse. Resulta difícil de imaginar cómo, cuando se sale 20 kilómetros fuera de Luanda, es prácticamente imposible cruzarte con un coche. Todos se amontonan en la capital. Nadie quiere vivir en la enorme Angola. Se acercan, buscando fortuna, a la urbe donde el dinero del petróleo y los diamantes han hecho ricos a unos pocos de los antiguos esclavos de los portugueses. Pero el dinero no los ha convertido en atlantes. Sólo la educación lo hará. Si le dejan.

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16 febrero 2007

Diario de un tipo con (poca) suerte

Estaba yo comprando mis cereales para el desayuno en el supermercado cuando veo que una mujer de unos veinte años me mira con descaro. Sin sorprenderme en absoluto, puesto que, dado mi atractivo físico, esto me sucede a menudo, me acerco a ella y le pregunto si le gustan más los Frosties o los Smacks. Aunque yo sabía de antemano que ella era una chica Smacks, pues una de mis grandes habilidades innatas es que tengo muy buen ojo para distinguir qué clase de cereales come una mujer en el desayuno. Esto puede parecer una tontería, pero ellas aprecian sobremanera que un hombre sepa qué caja coger para acompañar la leche por las mañanas.

Pero a lo que íbamos, la chica me contestó que Smacks (por supuesto) y acto seguido me preguntó si quería tener sexo con ella. No falla, una Smacks siempre quiere sexo después del desayuno. Si hubiese sido una chica Frosties me hubiese dicho que su marido trabajaba en una empresa de venta de coches y que llevaba 6 meses consecuitivos siendo el que más vendía. Pero no hubiese habido sexo. Las chicas Frosties te hacen perder el tiempo. Hay que evitarlas. Por eso aprecio tanto mi habilidad innata para detectarlas.

Fuimos a su casa y ya antes de cerrar la puerta estábamos desnudándonos el uno al otro. Pasamos rápidamente por la puerta de la cocina pero yo, que soy un tipo listo, logré echar un vistazo a su interior y vi todo lo que necesitaba: 3 cajas de Smacks encima de la encimera. Ésta es una verdadera chica Smacks, me dije mientras pensaba en las maravillas que me esperaban.

En cuanto llegamos a su dormitorio me tiró encima de la cama y empezó a atarme con una cuerda que había salido de alguna parte. A mí no es que me vaya mucho ese rollo, pero como yo también soy un chico Smacks me dejé llevar. Cuando terminó de atarme las muñecas y los tobillos, a cada una de las esquinas de la cama, se puso sobre mí y me susurró al oído: "nadie te ha hecho lo que yo te voy a hacer". He de admitir que no esperaba menos de ella, pero la frase me puso a mil. Mil que bajaron a cero cuando vi que sacaba un cuchillo del cajón de su mesita y ¡me hacía un corte en la pierna! Con una mirada traviesa, que contrastaba con lo atónita de la mía, pasó su lengua por todo mi cuerpo hasta llegar a la herida y allí empezó a chuparla hasta que la sangre dejó de manar. Yo, que me había puesto un poco nervioso me dije: bueno, está bien, la verdad es que esto no lo había probado y tampoco ha estado mal... Pero mientras pensaba eso la muy .... volvió a coger el cuchillo y me hizo un montón más de cortes por todo el cuerpo. ¡En mi maravilloso y escultural cuerpo! Vale que me haga uno para pasar el rato, pero ¡esa chica no tenía medida! Así que me solté en un santiamén y sin inmutarme ni dar muestras de estar alterado le dije que ya era suficiente. Ella pareció reflexionar por un momento y decidió que yo tenía razón, así que fue hacia el armario y ¡sacó un pico!. Y yo... yo salí por piernas.

A partir de ahora sólo mujeres Frosties.

Visto en Boing Boing.

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01 enero 2007

Para todo hay una primera vez

Hace ya un tiempo que trato, con mayor o menos éxito, de extirpar los prejuicios que me he ido creando a lo largo de mi vida. Considero que tienen poco de útil si quieres que cada nuevo día de verdad sea nuevo y no la repetición de vivencias pasadas. Pero dejemos esas tonterías que, en realidad, sólo me sirven a mí y a mi particular concepción del mundo. El hecho es que, gracias a mi interés en deshacerme de mis prejuicios logro que casi nada me sorprenda en el sentido de romperme los esquemas, que junto a los prejuicios, también he ido eliminando de mi mente. Supongo que esta actitud mía me ha venido bien al venir a un país como Angola, tan distinto de España, pero todo tiene un límite y hoy, por primera vez desde que llegué, mis esquemas se han roto (señal inequívoca de que todavía me quedan algunos).

Como en las mejores historias, todo comenzó en una soleada tarde de verano, concretamente el jueves pasado. Con nuestro coche "nuevo" fuimos a comprar a un supermercado sudafricano. Una vez allí, no pude resistir la tentación de hacerme con los servicios de un abrelatas de estos grandes, con los que apenas hay que hacer esfuerzo debido a esos maravillosos inventos que son la palanca y la rueda dentada. Recuerdo, como si hubiera sido hace 4 días, cómo mi mano se cerró alrededor del artefacto y luego lo dejó caer dentro del carrito de la compra, todo ello a cámara lenta.

Para comprobar su buen funcionamiento compré también dos botes de leche condensada. Claro que no estoy seguro de si los botes habían ocupado su lugar en el carro antes que el abrelatas, lo cual dejaría al descubierto una serie de incógnitas tan inquietantes y perturbadoras que, dado que este blog también lo leen niños de corta edad, mejor ni me planteo.

Así pues, fue de éste y no de otro modo como el abrelatas y los botes de leche condensada se introdujeron en mi vida africana. No sospechaba yo nada de lo que ocurriría después, y de haberlo sabido quizá esas tres cosas no habrían subido nunca los 5 pisos sin ascensor que nos separan de la calle. Pero el hecho es que subieron e hice con ellos, tonto de mí, lo que se suponía que se debía hacer: utilicé el abrelatas para intentar abrir uno de los botes. Y aquí es donde comienza el segundo acto de esta tragedia. Por más que lo intenté no conseguí hacer otra cosa que una pequeña abertura por la que apenas escapaba un hilillo, como de plastilina, del viscoso y blanco elemento. ¿Es o no para echarse a temblar?

Tal era mi grado de excitación que me vi obligado a abandonar (momentáneamente) la empresa. Pero el fracaso había quedado grabado a fuego en mi memoria y esta tarde, mientras dormía la siesta, un deseo de algo bueno se ha ido apoderando de mis papilas gustativas primero y de todo mi cuerpo después. Como un autómata me he dirigido a la nevera, donde el "bote apenas abierto" me esperaba. Por un momento me ha parecido entrever que un cuerpo de mujer sustituía al bote y me susurraba "tómame". Y claro, ¿qué iba a hacer yo? (a partir de ahora prometo no tildar de imbéciles a los que entran a las casas encantadas en las películas)

Nota: para que nadie se lleve a error diré que cuando, abrelatas en mano, he atacado de nuevo el bote de leche, la imagen de la mujer había desaparecido por lo que, al igual que yo, el lector avispado debería descartar cualquier tipo de mecanismo de proyección.

Sabía que tenía que cambiar de estrategia, dado que la primera tentativa había resultado un completo fracaso, salvo por lo de los hilillos que, a decir verdad, lo único que hacían era constatarlo todavía más. Por ello, pese a la creciente desazón que amenazaba con dar al traste con esta nueva incursión, empleé buena parte del tiempo, que creía que podría aguantar sin volverme loco, en observar el mecanismo del abrelatas. Me cercioré, no sin asombro y notando como un escalofrío recorría todo mi cuerpo, de que ese abrelatas no era normal. Era imposible que, con ese artefacto diabólico, consiguiera abrir el bote tal y como había abierto todos y cada uno de los botes que habían pasado por mi vida. Y entonces fue cuando entreví el abismo que se cernía delante de mí. Un pozo de insondable negrura en el que aquellas dos cosas, que irónicamente sostenía con mis manos, amenazaban con arrojarme. Lo había comprendido todo. Pero casi no quedaba tiempo.

Con un último y supremo esfuerzo levanté la mano derecha y puse el abrelatas en posición horizontal, lo encajé en el borde del bote y comencé a utilizar el engranaje. Cada vuelta de la rueda era un suplicio, pero yo sabía que era el bote o yo. Y cuando uno se encuentra frente a una situación de esta índole, el instinto de supervivencia le otorga una energía que nunca hubiera creído poseer.

Tras un minuto, que sin duda ha sido uno de los más largos de mi vida, todo había terminado. El esquema había sido destruido y yo podía dar buena cuenta del bote de leche condensada. Justo premio para el vencedor.

Feliz Año Nuevo a todos :-D

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21 diciembre 2006

Y si las cosas fuesen así?


¿Quién no ha visto a elefantes, ciervos, rinocerontes, leones marinos o dos humanos, estos últimos olvidando las más simples reglas sociales, liarse a guantazos (los humanos creyendo que es por el amor de una mujer) para conseguir introducir su material genético en la carrera por la supervivencia? En el mundo de los mamíferos suelen ser los machos los que se pelean por las hembras.

Sin embargo, hay especies de mamíferos en las que esto no ocurre. Las hembras de meerkat se pelean entre ellas para que sea una, y solo una, la que pueda imprimir su sello en el cuaderno inmortalidad (menuda libreta de eufemismos me estoy construyendo). Mientras, los machos, a los cuales podemos ver en la imagen observando atentos cómo se descuartizan sus congéneres femeninas, esperan pacientes mientras charlan del último partido de musaraña-ball, sin preocuparse lo más mínimo por saber si esta noche van a tener algo que hacer además de dormir la mona.

Qué suerte tienen algunos. :-p

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18 diciembre 2006

Clonación.

Leo que uno de los integrantes del grupo coreano que mintió sobre sus avances en clonación humana, ha conseguido clonar, esta vez parece que es verdad, una perra por primera vez.

Por otra parte, leo que una pobre perrita precisa escolta. Unos perversos narcotraficantes le han amenazado de muerte debido a sus excepcionales facultades olfativas.

Las posibilidades de juntar estas dos noticias son inmensas. Veamos:

1. Clonamos perritas anti droga. Teniendo en cuenta dónde está el laboratorio, lo más probable es que la mayoría no saliese del país. No estaría claro si la clonación tendría como objetivo que las perritas clonadas sirviesen para detectar droga o para hacer pasar desapercibida a la perrita con olfato excepcional.

2. Los narcos amenazan de muerte al clonador. Esto puede suceder antes o después de la petición por parte del gobierno colombiano de clonar perritas.

3. El clonador, ante la amenaza de muerte, decide proseguir las investigaciones y consigue clonarse a sí mismo con éxito. Con lo cual tendríamos más potenciales clonadores de perritas, más potenciales muertos por narcotraficantes y más potenciales comedores de carne de perro. Este último punto entraría en contradicción con el amor del científico a su obra, con lo que es posible que la potencialidad se redujese bastante.

4. Ante la noticia de la exitosa clonación humana, todo tipo de celebridades solicitarían a los clones (con mayor probabilidad) o al clonador un clon suyo (de las celebridades, no del coreano). Esto desembocaría en algo parecido a lo que sucede con los que leen el futuro: para uno que acierta, el resto (tendiendo a infinito) te sacan la pasta por no hacer nada. Y así el círculo se cerraría.

Dicho esto, mis disculpas, leer ciencia ficción me sienta fatal. :-D

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Los negros no saben nadar

Al menos en su mayor parte. Los que vienen a la playa se suelen quedar donde el agua no les cubre más allá de la cintura. Se arremolinan todos en esa pequeña zona del cercana a tierra firme mientras los blancos se adentran un poco más.

¿Por qué no saben nadar? Porque nadie les ha enseñado. La natación en el 1er mundo no deja de ser una forma más de ocio. Aprendemos a nadar en actividades extraescolares, para pasar la tarde. En algún caso el niño o la niña demuestra cualidades excepcionales y nadará profesionalmente. Así pues, pocos occidentales nadan por necesidad, por trabajo, como hacen los buscadores de perlas tailandeses, capaces de mantenerse 3 minutos bajo el agua. Además, el agua es un medio en el que los experimentos pueden salir caros. Si intentas aprender a ir en monopatín o en bici lo normal es que te caigas alguna vez y por eso, salvo que seas imbécil perdido (subespecie humana dentro de la que me incluyo), no irás mucho más rápido de lo que dicta la prudencia, basada en el dolor de la(s) última(s) caída(s). En el agua no te caes, pero si en un momento dado te pones nervioso o pierdes la coordinación (lo que equivaldría a escorarse demasiado mientras vamos en monopatín), la consecuencia es que te ahogas. En occidente solventamos este pequeño detalle con algo llamado "instructor", que no es otra cosa que un personaje que, mientras tú estás tragando 3 litros de agua por minuto, te aconsejará que te tranquilices y en caso de que no lo consigas, te recogerá del fondo de la piscina, siempre tras dejarte pasar 20 segundos bajo el agua que garanticen que no estabas fingiendo. Y aquí está la clave, para recogerte de ese fondo azulado de la piscina, el "instructor", ese individuo al que todo tipo de padres jóvenes e inexpertos confían sus niños aterrorizados, tiene que saber nadar. Gente que sepa nadar para ir recogiendo a los negros que se vayan medio ahogando del fondo del mar es lo que falta aquí.

Espero que el consejo de psicólogos, al que el gobierno ha encargado que averigüe qué se puede hacer para levantar la moral a la población angolana, llegue a la misma conclusión que yo en el tema de la natación. Porque sin duda lo que esta gente necesita es divertirse. Y para superar los efectos psicológicos de la guerra eso de arreglar lo de la comida, la educación, la sanidad, el empleo, las infraestructuras, el transporte público, el agua potable, las epidemias o las minas antipersona es superfluo.

Ahora en serio, no digo que no haya personas que lo hayan pasado mal en los 40 años de guerra que ha sufrido Angola, pero sé que muchos de los grandes problemas psicológicos del mundo provienen precisamente de la carencia o, más bien, de creer que puede llegar a faltar todo lo citado. Así que menos cachondeo y más ponerse a resolver problemas de verdad. Y cuando lo básico esté solucionado (y queda muchísimo por hacer) ya habrá tiempo de aprender a nadar.

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20 noviembre 2006

Y ahora cómo cuento esto?

Estoy aquí sentado, en la terraza de nuestro piso. Todavía es de día y sopla una ligera brisa que viene del mar. Como hace tiempo que perdí el olfato necesario para distinguirlo, no tengo ni idea de si huele a sal o no. Así que el grado de poesía que puedo imprimir a mis palabras llega hasta aquí.

Supongo que este es uno de esos días que se recuerdan. De esos en los que estás deseando encontrarte con alguien conocido y decir ¿a que no sabes qué me ha pasado?

Pero empecemos por el principio. El viernes, como llovido del cielo (nunca mejor dicho), descubrí una red wifi abierta! Sin más dilación avisé al resto y nos pusimos a llamar a España. Como el nivel de señal es bastante bueno incluso me animé a descargarme un cliente torrent para bajarme alguna cosilla (muy poco a poco para que el dueño de la línea no se nos mosquee).

Enseguida se hicieron las 10 de la noche. Y esa era la hora acordada para ir de nuevo de fiesta. Nos pasaron a recoger y fuimos a una especie de residencia de franceses. Y menuda residencia. A los occidentales que vienen a trabajar aquí se les suele tratar muy bien. Cobran mucho y sus condiciones de vida deben ser las mejores, por el bien de las mismas empresas. He de decir que, a pesar de no entender nada de música, el pinchadiscos podría haberse ahorrado el trabajo. ¡Qué selección más horrible! Como es bien sabido, los franceses no tienen ninguna virtud, aunque ellos, por el milagro chovinista, crean que sí. :-p Así que esa noche no hizo sino confirmar nuestras fuentes, de las que nunca te puedes fiar del todo hasta que lo experimentas por ti mismo. Ah, tenían piscina. Claro que eso tampoco es ninguna virtud. Sólo es cuestión de tener dinero.

El sábado fuimos a la playa. Me volví a quemar. Claro que también me lo pasé genial. Había unas olas... Espectaculares. Simplemente me ponía cerca de la orilla y me dejaba engullir por frentes que eran más altos que yo. Me arrastraban, me hundían, me sacaban, me rebozaban por la arena. Y así una y otra vez. A la mañana siguiente todavía tenía granitos de cuarzo en las vías respiratorias superiores. Me lo pasé como un enano.

El domingo, como estaba quemado decidí no volver a ir a la playa. Se fueron los otros y yo me quedé esperando a que volviese la luz, que se había cortado. Pero no volvió, desde las ocho de la mañana hasta, precisamente, la hora en que volvieron mis compañeros, a la luz tampoco le apeteció volver. Así que cuando ellos llegaron volvía a haber aire acondicionado y luz para los portátiles. La verdad es que no me quejo. Nuestra cocina es de butano y me pude hacer algo para matar el hambre. Y comencé a leerme Cartas de Guerra de Lobo Antunes. En portugués, claro. Es fácil el portugués. Y en la pluma de Antunes ... me reí. Más que un libro de campaña, lo que parece, de momento, es un libro de amor desesperado. Lo mandan a la guerra de independencia de Angola (él es portugués) recién casado y con la mujer preñada de su primera hija. Precisamente esa hija y otra, que son las que han editado el libro, no han cortado nada de lo que su padre ponía. Así que el pobre Antonio (Lobo Antunes) sale siempre al borde de la desesperación, entre medio de la locura de amor, del deseo sexual y de los ataques de furia y celos porque no le llegan las cartas de su mujer.

Y por fin llegó el lunes. Como siempre, nos levantamos a las 7. Vamos al trabajo y, al llegar, nos dicen que han robado la caja fuerte. La caja donde tenemos todo el dinero. ¿Todo? Sí, todo. Adios coche, adios viajes en diciembre-navidad. Adios muchas cosas. Para mí, adiós a 5000 dólares. Como fui yo el último que se fue me preguntan si cerré bien. Como me acuerdo perfectamente digo que sí (y no miento). Así que esperamos a que llegue la policía. Nos dicen que no toquemos nada pues sacarán huellas y todo eso. Nosotros, avezados ya en el tema, después de haber visto CSI innumerables veces, asentimos, dando nuestra aprobación de expertos.

2 horas después llega la policía. Para el que crea que eso es llegar muy tarde aclarar que en Angola es lo normal. Suben 5 ó 6 e inspeccionan el lugar del robo. Sin más. ¿Eso es todo? No, es que los de las huellas aún no han llegado. Ah, vale. Pasan las horas...

Decir que no hay puertas ni cerraduras forzadas. Ni siquiera para abrir el sitio donde estaba la caja fuerte. Además, parece que fueron directos a por donde sabían que había algo.

A las 15:05 llega la policía "de huellas". 7 horas después. Es de suponer que tanta espera haya sido por una causa del tipo "vamos a preparar bien todo el material" así que me acerco a mirar qué hacen. Entran todos en la sala. Los que había antes y los nuevos. Los nuevos se ponen a observar con detenimiento, desde arriba (sin agacharse), el armario de la caja fuerte, que está a ras de suelo y no tiene más de 90cm de altura. Así durante 2 minutos. Ante semejante muestra de concentración, el resto de los policías les imitan y yo también, quedándonos todos observando el armario, como a la espera de que en cualquier momento, nos vaya a decir quién había osado abrirlo para robar. Por fin se rompe el silencio y comienzan las preguntas. ¿Quién fue el último en salir? Yo ¿Quién fue el primero en entrar? Ese no fui yo ¿Cerraste esta puerta con llave? mientras señala a la puerta del despacho, que desde que llegué siempre he visto abierta. "No" respondo. ¿Por qué? Y le contesto que nunca se cierra. Y aquí es cuando todo queda resuelto ya que, con un rápido ademán, expone sus conclusiones ante la estupefacción (admirada, por supuesto) de su audiencia: "Si no se cierra la puerta, te roban".

Y yo ... claro, si la culpa es de los padres, que las visten como putas.

Pero no acaba ahí la cosa. "Ahora es cuando sacan todo el material y comienzan a tomar huellas" pienso yo. Y precisamente, en ese momento uno de los nuevos se acerca al armario y ... posa delicadamente todos los dedos de su mano en el asa, en los bordes, en todas partes. Pide la llave para abrir la puerta, la abre. La cierra. Pregunta qué hay dentro de cada armario, de cada cajón de la sala para, a continuación, volver a estampar sus huellas en pomos y portezuelas, cajones y mesillas. Claro que si lo piensas, él ya había resuelto el caso, el culpable había sido yo por no cerrar con llave la puerta del despacho.

En fin. Alguien debe estar nadando en nuestros ahorros. Si le pillan, como ha robado a unos blancos, puede que le metan un tiro en la cabeza sin preguntar. No sé, casi prefiero que no le cojan. Pero quizá el sindicato del crimen esté aquí a la misma altura que el de la policía y mañana nos lo traigan esposado. De todas formas, las risas que me he echado hoy, a pesar de haber perdido tanta pasta, no tienen precio. Esto ya no me lo quita nadie. Ni el mejor ladrón del mundo. Bueno, si se llama Alzheimer sí, pero para eso aún queda, y, aunque acabe desplumándome, todavía podré leerme a mí mismo en el blog. ;-)

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24 octubre 2006

La laguna

Este año, como el anterior, Ana me pidió que escribiese un cuento para el concurso que organizan por estas fechas.

El año pasado no escribí nada y este año tampoco lo iba a hacer. Pero ayer, durante la siesta, volví a tener un sueño un poco raro. Desde luego, no todo lo que escribí salía en el sueño. Sólo pequeñas partes. El resto se me fue ocurriendo. Lo pongo porque esto, al fin y al cabo, también forma parte de mi estancia aquí.

De repente, se encontró con una de aquellas piedras. Tantos años deseando poder echar un vistazo en una de ellas y ahora, por fin, tenía su oportunidad. No sabía de cuánto tiempo disponía. No sabía quién era el dueño ni cómo había llegado hasta allí. Sólo que estaba allí y que, si se decidía a utilizarla, su vida cambiaría.

Porque la vida de un engendro de pantano cenagoso no era la mejor de las vidas. Siempre escondiéndose de los engendros mayores pero siguiéndolos a distancia para comer de sus despojos. En ocasiones, cuando el hambre acuciaba se veía obligado a cazar, pero siempre existía el riesgo de que la posible presa no fuese más que un cebo y que unos dientes afilados esperasen tras el feliz momento de la captura, para devorarlo cuando estuviera confiado y comiendo.

Aquellas piedras, según había oído, te transportaban a otros mundos. Mundos de aguas cristalinas, donde no había engendros mayores y se podía descansar a la luz del sol sin necesidad de salir a superficie (con el consiguiente riesgo de ser devorado por uno de esos engendros voladores de grandes garras y fuertes picos).

Había oído tantas cosas. Todas ellas alucinantes. Aquellas piedras habían sido el principal tema de conversación de sus hermanos engendros, los que habían nacido de la misma bolsa que él y con los que creció hasta cumplir 2 meses. Hasta los dos meses la vida de un engendro de pantano era muy sencilla. Protegidos por su minúsculo tamaño y bajo el suelo cenagoso del pantano, nadie les podía comer. De alguna manera sabían que llegaría un momento en el que tendrían que salir de allí, más que nada porque pasado ese tiempo se quedaban sin comida, y los más fuertes tendían a olvidar los lazos familiares dando buena cuenta de los hermanos más débiles.

¿Y qué engendro no había escuchado las famosas historias del engendro centenario, que con una de aquellas piedras viajó a todos los lagos y lagunas del mundo? Aquel engendro decía que había algunas tan grandes que en el sitio más profundo, a pesar de ser sus aguas trasparentes, no llegaba la luz. Otros tan fríos que aún siendo verano era imposible salir a la superficie pues una capa de agua congelada de varios engendros de longitud lo impedía. También había lagos peligrosos, con tantos devoradores de engendros por unidad de agua que era imposible sobrevivir más de dos días siendo un engendro completo. Para eso ser un engendro tiene sus ventajas. Se te podían comer cualquier parte del cuerpo y seguir viviendo. Siempre volvía a crecer hasta adoptar la forma anterior.

Luego estaban las historias que nadie se creía, como aquellas de la laguna llena de engendras que se mataban entre ellas por poder estar con un engendro de pantano (esta no era creíble porque cambiaba según se lo contasen a un engendro de pantano o a uno de charca) o aquellas en las que había surtidores de donde salía la comida de tal forma que un engendro sólo tenía que colocarse delante durante toda la vida e ir engordando y engordando hasta estallar. Puede parecer increíble, pero todo engendro desea morir estallando. Y las familias de aquellos que lo consiguen se sienten muy afortunadas. Una vez conocí a una engendra que había perdido a 850 hijos y 726 habían desaparecido estallando de diversas formas. Nunca he visto nunca una engendra tan feliz.

Por fin tendría historias que contarles a sus futuros hijos. Historias como las de aquel engendro centenario. Había una de ellas, hablaba de una laguna. Se llamaba la laguna del canto del engendro pues los engendros son tan felices allí que se pasan la vida cantando. No hay depredadores de profundidad y los de superficie emigran cuando hace calor así que se puede subir y flotar con la mitad del cuerpo al aire tomando el sol hasta estallar. En invierno el agua nunca se congela y las engendras son de lo más promiscuo (sin llegar a matarse entre ellas).

Claro que también había oído historias terroríficas sobre engendros que habían usado mal una de esas piedras y habían acabado sus vidas sufriendo las consecuencias. Historias como la de aquel que se equivocó al elegir destino y en lugar de pensar en la laguna de estallido pensó en la laguna del estampido y terminó sus días en una laguna artificial con medio engendro de profundidad alrededor de la cual no paraban de producirse estampidas de manadas de engendros terrestres gigantes. Estos engendros gigantes nunca se metían al agua y por tanto nunca tuvo la posibilidad de morir estallando bajo una de sus patas (así como morir estallando es lo que más desea un engendro, el tener la muerte por estallido cerca y no alcanzarla es lo que más infeliz le hace). Él no quería eso así que estuvo dudando durante bastante tiempo. Después de todo, su vida actual no estaba tan mal. Quizá no tenía muchas posibilidades de morir en un estallido pero por lo mismo, tampoco era un infeliz. Si se iba corría el riesgo de perder aquello.

Al cabo de unos días tomó una decisión. Se iría. Una vez estuvo completamente seguro se despidió de todos a los que conocía que le fueron deseando la más estallante de las muertes. Se dirigió hacía la piedra, la envolvió con su cuerpo mirándola con atención hasta verse reflejado en ella. Pensó en su destino: la laguna del canto del engendro. Lo pensó con intensidad y con la mayor claridad posible. No quería acabar en algo como la laguna del "llanto" del engendro. Repitió el nombre (el correcto) una y otra vez y cerró los ojos (los 56) para concentrarse mejor.

Sintió cómo una fuerza le absorbía arrastrándole en una espiral ascendente. Se estaba mareado pero aguantó sin abrir los ojos (había historias de engendros que se habían vuelto locos por abrir los ojos durante el viaje). Cuando al cabo de unos segundos todo se detuvo a su alrededor por fin se atrevió a mirar.

Sólo vio unos dientes enormes y afilados que se cerraban. Después, la oscuridad.



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23 octubre 2006

Si no os aburrís mucho no leáis esto

Miró a su esposa con una intensidad de la que sus ojos habían carecido en los últimos días. Estaba tendido en el camastro que, junto a la silla donde se sentaba ella, eras los dos únicos muebles que había en la habitación, dando la impresión así, de estar todavía más vacía de lo que hubiera estado sin nada en absoluto.

Tanto la cama como la silla eran viejos y estaban desvencijados y corroídos por la carcoma. La luz, ya mortecina como correspondía a la última de la tarde, entraba por una ventana, cuyas ventanales de madera no habían sido cerrados en semanas.

- Te dejo todo. Y es mucho, muchísimo más de lo que crees. La casa, como sabes, es grande y he mandado traer muebles para todas las habitaciones. Disfrutarás de ellos y de una pequeña pensión para tus gastos. Eso sí, el día que te vuelvas a casar o que tengas un hijo, he dejado claro en mi testamento que la casa y todo lo que he comprado para ella pasará a formar parte de un colegio gratuito del que tú te encargarás.

La luz fue desapareciendo. Cuando la de las estrellas sustituyó a la del crepúsculo él ya había muerto.

Tras unos meses de duelo, la mujer siguió con su vida. Los nuevos muebles llegaron. Sus hábitos, hasta entonces austeros, cambiaron y desde su nueva posición empezó a conocer a lo más selecto de la ciudad. Y aquellas últimas palabras de aquel moribundo se ocultaron en su memoria. Otro hombre apareció en su vida y se volvió a casar un poco antes de que se cumpliera un año de la muerte de su antiguo esposo. La boda fue por todo lo alto y cuando, después de la luna de miel, regresaron a casa, un cartel de cobre había sido colgado encima de la puerta principal: "ESCUELA".

Pero el cartel era sólo el principio. Sin que ella lo ordenase, aparecieron anuncios en los periódicos, en la televisión, en la radio, en internet. Y, por arte de magia, fueron enviados a todos los que parecían necesitarlos, formularios para inscribirse en el nuevo curso que comenzaría en pocos meses.

El nuevo marido, que nada sabía de aquello, pues la mujer, al haberlo olvidado, no tuvo oportunidad de contárselo, no se lo tomó demasiado bien. Y, cuando todos sus esfuerzos se mostraron vanos a la hora de detener aquello, la abandonó. Pues si bien no le desagradaba, le atraía mucho más cuando todo su dinero y posesiones iban a ser compartidos únicamente con él.

Porque la mujer, que en un principio no había dado crédito a las últimas palabras de su antiguo esposo, se volcó en el nuevo proyecto. Quizá por sentimiento de culpa, o porque sentía que se lo debía. Quizá porque siempre quiso haber tenido hijos, quizá porque le gustaba la enseñanza. Nadie supo nunca las razones exactas, pero aquella escuela albergó a alumnos y profesores mientras su vida la mantuvo despertándose cada día entre sus paredes.

Esto lo cuento yo, que di clase allí, por lo menos una noche. Mientras dormía en una ciudad africana.

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