08 marzo 2015

Jornadas de 20 horas semanales y estrés.

Tras un ingente esfuerzo por parte de todo tipo de profesionales del coaching, psicólogos y expertos en marketing y redes sociales, se ha vuelto más o menos de dominio público que el estrés es útil. Es decir, que forma parte de mecanismo evolutivo que nos ayuda a afrontar con éxito situaciones puntuales de peligro. Gracias a la dedicación de esas personas, sabemos que hay pues que distinguir entre ese estrés saludable (y puntual) y el estrés crónico (muy perjudicial para la salud).

A continuación nos hablan de que vencer al estrés crónico está en nuestras manos. Con el resultado evidente de que salimos súper contentos de la charla, la sesión o la lectura del artículo correspondiente.

Sin embargo, transcurridas unas horas de los beneficiosos efectos post iluminación, seguimos básicamente igual.

Para ver qué está ocurriendo escojamos a un ciudadano medio de nuestro mundo desarrollado. Llamémosle Juan.

Juan, asistente a una de esas charlas, tiene 37 años. A los 3 ya estaba yendo a la escuela. 6 horas al día. Pronto comienza a competir con sus compañeros y compañeras de clase. Y sigue haciéndolo en el instituto. Mientras, también compite en el equipo de fútbol y por unas cuantas chicas. Como termina cursando una licenciatura (o grado), acaba compitiendo a nivel académico durante 22 años en los cuales las horas de trabajo/estudio se van incrementando paulatinamente. Termina con 25, lo cual nos viene a decir que muy bien no compitió. Eso le supondrá una pequeña losa a la hora de buscar trabajo. Pero consigue ese trabajo. En él lo primero que aprende es que tiene que seguir compitiendo con el resto de sus compañeros. Ahora la carrera es otra. A los 35 tiene que ser alguien. Por supuesto es importante comprarse un buen coche, tener una buena novia y, llegado el momento, hijos. Pero las cosas en el trabajo no van como se podía esperar. Hay mucha presión. No tiene que trabajar 7 u 8 horas sino más si lo que quiere es ser ese alguien. Las cosas se complican más todavía con la crisis. Ahora tiene que trabajar 10 o 12 horas diarias, no para ascender, sino para que no le echen. Y aún así, tras 3 ERES, se encuentra en la calle. El paro no es un buen sitio donde quedarse a tomar el sol. Juan ya se ha casado y tiene mujer, una casa, dos coches y el proyecto de su primer hijo que ahora tendrá que esperar (y su mujer, de 37, que hasta entonces no había querido para seguir con su carrera profesional, dice que se le está pasando el arroz).

Juan lleva 34 años compitiendo y cuando asiste a la charla sobre el estrés para desempleados cree ver la luz. Lo único que tiene que hacer es respirar profundamente y dejar de obsesionarse con ser mejor que los demás. Buscar una empresa, una profesión que le guste y así disfrutará con ello en lugar de preocuparse con no hacerlo bien o con que su compañero de mesa lo haga mejor.

Llega a casa y se lo cuenta a su mujer. Ella le pone cara de circunstancias. Juan lleva 6 meses en paro y la crisis no parece amainar. Tras otros seis meses y 3 charlas más sobre cómo superar la ansiedad por estar desempleado, la impotencia por no encontrar empleo y otro de motivación para parados de larga duración, Juan acepta un trabajo donde le pagan 2 veces y media menos de lo que estaba cobrando antes de que le despidieran. Por supuesto, trabaja 10 horas diarias sin protestar y a final de año se congratula de que la empresa haya acabado en beneficios. Sabe que no le van a ascender ni a subir el sueldo. Se alegra porque no le van a echar. Su mujer se ha quedado embarazada. Ahora ya ni siquiera sufre estrés por competir. Ahora sufre ansiedad ante el miedo a volver a quedarse en paro. La crisis sigue y Juan no para de ver por la televisión que los políticos están todos salpicados por la corrupción.

Un día, Juan lee que en Holanda trabajan 27 horas semanales. Y que hay gente que asegura que no deberíamos trabajar más de 20 porque así todo el mundo tendría trabajo y la productividad aumentaría porque haríamos nuestras tareas más contentos y descansados.

A Juan esa idea le gusta. Sin embargo, a sus 37 años se pregunta cómo puede funcionar eso. Cuando estaba en casa buscando trabajo casi se volvía loco. Sin dinero no se puede disfrutar del tiempo libre. Si se trabajan 20 horas semanales no se tiene dinero para gastar. Además, de alguna manera, Juan tiene la sensación de que trabajando no está tan mal. Ahora que ya no está compitiendo porque se ha hecho a la idea de que triunfar no va a triunfar, se da cuenta de que le gusta estar en el trabajo. La rutina, las tareas que va completando. Le dan una sensación de ser útil. ¿Qué haría con 20 o 30 horas extra de tiempo libre sin dinero para gastar? De alguna manera Juan ha aprendido que eso de que te organicen la vida te quita mucho estrés. ¿Y no iba de eso precisamente la charla aquella que le abrió los ojos?

En la prehistoria, y también en tribus que siguen viviendo de manera similar en nuestros días, se trabajaba para subsistir, lo cual nos llevaba a hacerlo unas cuantas horas al día, no más de 3 o 4. O muchas horas durante algunos días, o incluso semanas, en las que el estrés se disparaba (con razón) mientras que a esas épocas les sucedían semanas o meses mucho más tranquilos, en los que el estrés descendía. Entonces el estrés era útil.

Había mucho tiempo libre, sí. Pero desde pequeños aprendíamos a utilizarlo. Sabíamos cómo disfrutar de él.

Sin embargo, en nuestra sociedad actual se nos enseña a obedecer órdenes durante 20 años antes de acceder al mundo laboral. Después, se nos pide que trabajemos 8 o más horas todos los días.  Y eso es simplemente para sobrevivir. Para tener el salario mínimo. Para malvivir en muchos casos. Para alcanzar un trabajo mejor probablemente hayamos tenido que estudiar muchos años y darnos de tortas echando horas extra otros muchos más.

Lo curioso es que estamos donde estamos, como civilización, porque un tanto por ciento muy pequeño, pero muy pequeño, de la población disfruta descubriendo cosas en lugar de dejando que otros piensen por ellos. Disfrutan trabajando más y más, haciendo de cada día un nuevo reto, liderando.

El resto vamos detrás. Cada vez con la lengua más afuera. No nos gusta la presión, no nos gusta el estrés, pero nos vemos obligados a hacer todo eso porque culturalmente nos han puesto la zanahoria delante de que podemos triunfar, o de que nuestros hijos podrán hacerlo. Y la perseguimos sin hacer preguntas.

En realidad, y simplificando al máximo, no somos mucho más que animales de granja que trabajan duro para que unos pocos se enriquezcan y otros pocos tengan tiempo libre para pensar.

La parte de los que amasan fortunas a nuestra costa no conlleva muchas ventajas para la humanidad. Sin embargo, que haya gente inteligente con tiempo libre, sí. Por ejemplo, gracias a ello cada cierto tiempo alguien se da cuenta de que nuestras condiciones de trabajo son peores de lo que podrían ser y hace que mejoren (hace 150 años las jornadas laborales en Europa eran de 60 duras horas). Además, gracias a que se libera y se patrocina a las mentes más brillantes gracias al esfuerzo del resto, hemos obtenido la medicina, la tecnología, el transporte, la abundancia de comida... Pero también la TV, los videojuegos, las redes sociales, los móviles, los diferentes tipos de drogas.... Gracias a estos últimos somos capaces de bajar los niveles de estrés acumulados rápidamente, sin darnos cuenta de que pasamos a depender de ellos. Es como teleportarse de la cárcel al paraíso cada día. Dos mundos que no entiendes pero que te son impuestos copan tu vida. No controlamos el tener que trabajar ni la forma de divertirnos. Pero ambas ejercen una presión tan grande sobre nosotros que hace tiempo que abandonamos toda resistencia. Nos supone tanto estrés ir contra corriente de cualquiera de las dos que ni nos lo planteamos.

Si esta es la realidad. Si de verdad lo que estamos haciendo es ofrecer tiempo libre para que los más listos de entre nosotros piensen y nos hagan la vida más sencilla, ¿por qué no lo ponemos en claro? ¿Por qué no lo marcamos como objetivo? ¿Qué sentido tiene hacerse rico, qué sentido tiene dejar que alguien se haga rico si lo que buscamos, si lo que de verdad hace que vivamos mejor es invertir en que unos pocos, los mejores, inventen mientras los demás trabajamos unas pocas horas al día?

¿Cuáles son los mejores caminos para que nuestro trabajo se invierta en que los más preparados nos hagan la vida mejor y no en que los más vivos amasen cantidades ingentes de dinero?



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16 noviembre 2014

La cera de las manzanas es buena (o no es mala).

El otro día estaba pelando una manzana cuando me preguntaron por qué no me comía la piel. Durante mucho tiempo creí que, a causa de la cera artificial que llevan, ya no te la podías comer. Lo cual es una lástima porque la piel contiene lo mismo que la manzana pero en cantidades mucho mayores.
Así que respondí lo de siempre, que no me fiaba de lo que le añadían a la manzana. Pero me quedé pensando. Y después busqué si era verdad eso de que la cera que le ponen a la manzana es mala. Descubrí unas cuantas cosas al investigar.

  • Las manzanas producen su propia cera. Si frotas una recién cogida del árbol puedes comprobar cómo brilla.  
  • En general los seres humanos no procesamos la cera. Pero a las manzanas les ayuda a evitar pudrirse o deshidratarse rápidamente cuando alcanzan la madurez. Les ayuda a tener una piel dura que les salvaguarda de bacterias y pequeños insectos. 
  • La piel no es lo suficientemente dura para animales pequeños o grandes. Para ellos, la cera de la manzana es una invitación. Hace que resalte, que brille. A la manzana le viene bien que esos animales la vean apetecible y se la coman. Al hacerlo probablemente también ingerirán sus semillas. Y las semillas serán así depositadas en algún otro lugar cuando el animal defeque. Eso ayudará a que la especie (de la manzana) se extienda, prospere. 
  • Cuando se echan pesticidas, estos se quedan en la piel, consiguiendo que la manzana tenga una protección extra. Que resulte más impermeable ante bacterias y pequeños insectos. 
  • Cuando se recoge la manzanas para comercializarlas, las plantas de envasado hacen básicamente dos cosas: darles agua para quitarles polvo, hojas y pesticidas, y ponerles una capa extra de cera porque, al lavarlas, se les va una parte haciéndose vulnerables.
  • La cera que se le pone es, la inmensa mayoría de las veces, de origen vegetal. Desde 1920 se utiliza casi siempre la misma. La cera de Carnauba o E-903. La Carnauba es una planta de origen brasileño y la cera que se obtiene de ella es inocua para el ser humano. Normalmente ni siquiera la digerimos. 
  • La cera de Carnauba ofrece unas protección superior a las frutas que son bañadas con ella (es más resistente al agua o al calor que la cera de las propias manzanas). Es como una especie de producto milagro: es barata, sus usos son múltiples y ofrece resultados extraordinarios. Y, por supuesto, al ser simplemente cera, no hace falta quitarla con un cuchillo o derretirla calentando la manzana como he visto a alguien hacer por youtube. 
Así que, curiosamente, que una fruta brille es un buen signo aunque sea artificial. Y para comértela lo único que necesitas es lavarla un poco, para quitarle lo que se haya podido adherir a la capa de cera, y disfrutar como si la acabases de coger del árbol.

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28 septiembre 2014

Gala León y Jackie Robinson: la misma historia?

Casi nadie sabía quién era Gala León antes de que le nombraran la primera mujer capitana del equipo español de Copa Davis. Durante su vida deportiva vivió a la sombra de Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez. Arantxa ganó 4 títulos de Grand Slam y 29 en total llegando a ser número 1 del mundo. Conchita es la única española que ha ganado Wimbledon, y consiguió llegar a número 2 acaparando un total de 33 torneos a lo largo de su carrera. Nacidas en el 71 y en el 72,  juntas formaron un tandem temible en la Copa Federación, el equivalente femenino a la Copa Davis. La ganaron 5 veces.

Gala León nació en 1973. Un año después de Conchita y dos más tarde que Arantxa. Llegó a 29 del mundo, estuvo casi siempre entre las 100 mejores entre 1996 y 2003, siendo su mejor resultado a final de año la 32 en el 2000. Ganó un solo torneo de nivel WTA. Y en la Copa Federación apenas tuvo oportunidad de participar porque Conchita y Arantxa, además de los partidos individuales, jugaban juntas también los de dobles.

Jackie Robinson nació en 1919. Jugaba a beisbol, pero no en las grandes ligas estadounidenses. No soñaba siquiera con dar el salto. Pero un día el mandamás de los Dodgers, un equipo de las grandes ligas, le incorporó a su equipo sin consultarlo con nadie.

Gala León ha estado vinculada al mundo del tenis desde que se retiró de su práctica deportiva de competición. Ha entrenado a varias jugadores de élite y ha ocupado diferentes cargos de responsabilidad. Con 40 años ha sido elegida para capitanear el equipo de la Copa Davis español. Es la primera mujer en ocupar ese puesto. Ha sido elegida unilateralmente por el mandamás, en este caso el de la Federación española de tenis. Como Jackie Robinson lo fue por el dueño de los Dodgers.

Según la Wikipedia, "Lo que vendría después fue lo que examinó la paciencia de Jackie. Según la revista deportiva Sports Illustrated, Robinson sería objeto de epítetos racistas en lo que restaría de la temporada: recibía cartas con amenazas a muerte, lanzadores que tiraban la bola hacia su cabeza y piernas; y receptores escupiendo en sus zapatos. Además, soportó un intento de rebelión de algunos de sus compañeros, amenaza de huelga por parte de los St. Louis Cardinals, y gatos negros tirados al campo. A pesar de la presión, mantuvo el control. Por soportar todos los vejámenes con silencio se ganó poco a poco el respeto de sus compañeros y eventualmente, de sus contrincantes."

Jackie Robinson era negro, el primero en jugar en las grandes ligas.

Al igual que él, Gala León está manteniendo el control. No ha hecho ni una sola declaración altisonante. No se ha encarado con nadie.

Y eso que ha recibido las críticas de jugadores, entrenadores, periodistas, etc, incluyendo algunas claramente sexistas y bastante descarnadas de Toni Nadal, el tío y entrenador de nuestro mejor tenista de siempre. Le han acusado de no conocer el tenis masculino ni a sus propios jugadores, de no tener experiencia entrenando jugadores masculinos y, en definitiva, de no estar preparada. Incluso una mujer tenista, como Vivi  Ruano, parecía asombrada por su elección, aunque un par de días después pasó a apoyarla junto a Conchita Martínez. También de su parte se ha puesto Andy Murray, que fue formado tenísticamente por su madre, y en estos momentos tiene como entrenadora a la ex número 1 Amelie Mauresmo.

Con suerte, dentro de unos años el mundo del tenis responderá a este tipo de situaciones como lo ha hecho David Ferrer, que ha acabado apoyando a su capitana. Un David Ferrer más maduro que hace 6 años, cuando le dijo a una juez de silla en el Abierto de Estados Unidos: "Eres una chica, las chicas no son capaces de hacer nada, nada".

Con no tanta suerte, puede que, como dice Tomás Carbonell, Toni Nadal haya fallado en las formas (machistas) pero no en el fondo. Puede que Gala León no esté tan preparada como lo estaba Jackie Robinson, que era un jugador excepcional, y que la cosa acabe como con la designación a dedo de Orenga como entrenador del equipo español de baloncesto. Puede que la Federación de Tenis y la de Baloncesto estén nadando en dinero, gracias a la coincidencia de dos generaciones excepcionales de jugadores, y ya no estén dirigidas por gente a la que le importa el deporte. En ese caso, la designación de Gala León, más que ayudar a la igualdad de la mujer, acabará por dificultarla.

Recomendación cinematográfica: 42. La película de Jackie Robinson.

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04 abril 2014

Sex at Dawn

I am reading the book of that name. An australian man who I met in a hostel in Belfast recommended it to me after a very interesting talk. And it is amazing. The most amazing book I have read in years. Maybe in all my life.

The book is mainly an antropologic text. It talks about our ancestors. Not only about our homo sapiens ancestors but also about our hominid ones. I had already read books of, between others, Jared Diamond and Marvin Harris, two famous anthropologists. I also knew several things about compared cognition between humans and other mammals. And I had also read, just last summer, in a Social Psychology text, that it is possible that prehistoric populations were more pacific because they did not have anything to protect. They were nomads. They had not fields, nor animals, nor houses.

Until now I had always believed that the discovery of agriculture and livestock was a total win for our species. How could it not be that way? Agriculture provided us of easy cereals, fruits and vegetables in a increasing quantity. And livestock? Instead of being obliged to hunt, we had domestic animals that we could eat whenever we wanted. That easy access to food allowed us to have more free time to create art, writings, and every discovery or invention we have made.

However, it is no that easy. There are increasing evidences, coming from many different disciplines, saying that our prehistoric ancestors did not live that bad. And, the more astonishing thing. They probably enjoyed their lifes much more than we do. However, the most incredible thing you are going to listen is that they had the better gender equality our species have ever had. And they got it through sex. Open, concupiscent, joyful, extramarital and shared sex.

Even more, what we have always considered as the beginning of civilitation, the discovery of agriculture and livestock, also brought us materialism, war and sexism. When we noticed that we had things to maintain, we started feeling possessiveness, being suspicious against foreigners and considering everything as an object, something to get. Including women.

Since the "wheel" of civilization was discovered it have never stopped rolling. The civilizations have prospered conquering new territories to feed their rising populations. Peaceful, prehistoric groups have dissapeared, pushed out their resources, killed, slaughtered or integrated into the new way of doing things. Day by day, century by century, materialism has won the war. There is no more space in our world to think different. The wheel is not a wheel. Is a monstrous engineering, made of mass media, money, religion, power and culture.

In that situation, "Stop the world, I am get off" acquires sudden sense. However, to get off is not possible anymore. Not in our world full of materialism, advertisement and cultural agreements. And, if you had not noticed it yet, everyone in history who tried to just live apart from "civilization" failed. And paid or is paying it with its life.

I almost started this blog talking about San People. I want to finish this post with them too. They are one of the latest prehistoric people still alive in our planet. They do not work more than three hours a day. They are nice, polite, smiling, joking and peaceful. They have no possesions. They are, or used to be, nomads, and women have a high, equal, status in its society. However, they have also been pushed out their original territories for centuries. And they are one of the last examples of how we treat not "culturised" people.

San People teaches us how to achieve gender equality, peace and joy. Prehistoric people had it all too. Will we learn their lessons? Could we integrate them in our fast rolling world?

Sex at Dawn. The book. 

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14 marzo 2014

Rehabilitación neuropsicológica milagrosa

Me cuenta mi hermana la historia de un niño de 12 años que, tras seccionarse una arteria cercana al corazón, estuvo en parada cardio respiratoria 20 minutos. Según lo oigo pienso en la hipoxia cerebral que eso conlleva. Cuando se priva al cerebro de oxígeno, las neuronas comienzan a morir. Cuanto más tiempo pasa, más neuronas mueren. Y no solo eso, aunque el oxígeno les vuelva a llegar a las supervivientes, muchas más terminan muriendo porque están rodeadas de conexiones que ya no llevan a ninguna parte. Y una neurona sólo tiene sentido si está interconectada con otras.

Este niño estuvo 20 minutos sin oxígeno. Los médicos que le atendieron negaban con la cabeza. No sólo eran pocas sus posibilidades de despertar del coma. Los daños por hipoxia eran tan graves que, si se despertaba, la mayoría de las funciones cerebrales que nos distingue como humanos se habrían perdido. No podría andar, ni hablar, apenas podría comunicarse...

Pero el padre de este niño, aparte de ingeniero de telecomunicación, era aficionado a la neurociencia. Y aplicó sus conocimientos para estimular el cerebro de su hijo mientras todavía permanecía inconsciente. No dejó que las neuronas supervivientes perecieran por no verse estimuladas. Les hizo trabajar. Les obligó a enviar señales sin descanso, a buscar nuevos caminos de conexión para adaptarse al entorno riquísimo en estímulos que generó. Durante 14 horas al día, 7 días a la semana, desde que sufrió la parada hace 2 años, el padre obligó al hijo a seguir adelante. Le sometió a todo tipo de ejercicios extenuantes, pero también dinámicos. Las neuronas no se podían acostumbrar. Tenían que estar siempre aprendiendo so pena de no sobrevivir. Y lo consiguieron.

Los médicos hablan de milagro. Mi hermana pregunta por qué no se aplica lo mismo a todos las personas con los mismos problemas. ¿Por qué, si el conocimiento existe, si este padre necesitado pudo acceder a él a través de manuales y estudios, no se extiende? Existen varias razones:

  • Cuesta dinero. ¿14 horas al día durante dos años de atención personalizada para cada paciente? A día de hoy es inasumible. 
  • Asimismo, nos enfrentamos a un problema ético bastante grande. El niño ha tenido que sufrir, y no poco, durante estos dos años. ¿Qué profresional aguantaría provocar ese sufrimiento? ¿Qué hospital, qué administración lo autorizaría?
  • Estamos también ante lo que se denomina estudio de caso. Se puede hacer ciencia de muchas maneras. Siempre que se puede hay que ser lo más riguroso posible, realizar pruebas con muchos sujetos, controlando todas las variables posibles. Pero, sobre todo con humanos, y con casos raros, esto es imposible. Los estudios de caso son aquellos en los que sólo tenemos un sujeto, un acontecimiento o un movimiento de estudio y casi lo único que podemos hacer es contar las decisiones que se van tomando y los resultados obtenidos. Pero los libros que leyó este padre en apuros eran libros científicos. Los conocimientos que llenaban sus páginas tuvieron que pasar por minuciosas pruebas que no dejasen lugar a dudas de su veracidad. Ensayos repetidos una y otra vez, estudios con grupos de control e idealmente de doble ciego, miles de voluntarios, donantes de órganos... Los casos únicos pueden ser muy espectaculares pero no suelen ser tan científicamente generalizables como otra clase de estudios. Estadísticamente los médicos que atendieron al chico tenían razón. Las posibilidades de las que hablaban los estudios bien controlados y con muchos sujetos eran prácticamente nulas.
  • Hay muchos más casos de padres que se equivocan que de padres que triunfan. O de personas que se equivocan por ir contra los médicos creyendo que hay más oportunidades que las que les enseñan. El estado de necesidad, de inestabilidad emocional, al que se enfrentan los pacientes terminales o sus familiares es tal que casi todos acuden desesperados a todo tipo de soluciones alternativas, provengan de donde provengan. Con esto no quiero decir que este hombre tuviera suerte. Tenía una mejor formación y probablemente era bastante más racional que la mayoría de nosotros. Pero la mayoría tienen esa formación ni son tan racionales. Un caso de inconsciencia monumental que suelo señalar es el de Steve Jobs y su cáncer de páncreas operable. No cabe duda de que, al igual que el padre de esta historia, Steve Jobs era listo y decidido, pero se empeñó en buscar alternativas a una operación quirúrgica. Y murió debido a ello.
  • Los casos de recuperación milagrosa no son escasos ni nuevos. Simplemente son una rareza estadística. Un caso famoso de hace casi 50 años, cuando no teníamos los conocimientos neurocientíficos actuales, es el de la esposa de Roald Dahl,  autor de Charlie y la fábrica de Chocolate. Tras sufrir tres aneurismas cerebrales, perdió el habla y otras funciones. Entonces su marido, en contra de la opinión y las esperanzas de los médicos, dirigió una exigente rehabilitación hasta que su esposa se recuperó.
  • Los médicos tienen muy clara cuál es la estadística y saben perfectamente a qué se enfrentarían si fuesen dando esperanzas de vida a todo el mundo que estadísticamente no las tiene. Entre otras, las consecuencias podrían llevarles a multas por mala praxis. No es extraño por tanto que sean prudentes en esta clase de casos.
Con todo esto no quiero decir que se deban olvidar estos casos. Simplemente digo que hay que tomarlos con prudencia y con rigor científico. Hay que conocer la realidad antes de poder cambiarla de forma sistemática. Y, aunque sea tentador, no suele ser un buen consejo dejarnos llevar por nuestras emociones cuando tenemos la estadística en contra. 


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21 octubre 2013

¿Por qué le gusta el sexismo al cerebro?

Al mismo tiempo que en nuestro país aparecen trabajos contándonos que el machismo está creciendo entre los adolescentes españoles, en Japón su juventud pasa olímpicamente de tener relaciones (hasta un 61% de mujeres de entre 18 y 34 no tienen una y lo mismo para un 49% de los hombres de la misma edad).

¿Por qué en España hay adolescentes que prefieren estar en una mala relación, sometidas a maltrato físico y/o psicológico antes que estar solas, como tantos jóvenes japoneses? En los artículos de El País y The Guardian se profundiza mucho sobre las razones de cada uno de los dos fenómenos. Se nombra a los medios de comunicación, a las exigencias culturales, a la publicidad, a los libros, a las películas o a los videojuegos. Pero al final, no deja de resultar curioso cómo todas esos factores sirven para explicar una situación y también la otra. ¿Cómo es eso posible? ¿Por qué las películas hacen que los japoneses no busquen pareja y que los españoles mantengan cada vez más relaciones de maltrato? ¿Qué hace posible esta aparente contradicción? La respuesta no es otra que aquello que compartimos todos los seres humanos del planeta, nuestro cerebro.

Ese maravilloso órgano nuestro tiene, como ya hemos dicho alguna vez, una función principal: la supervivencia de la especie. Y trabaja de manera incansable para conseguirla. Día y noche. Con o, las mayoría de las veces, sin nuestro conocimiento o consentimiento. ¿Y qué pauta principal sigue nuestro cerebro para que la especie sobreviva? Acercarse a lo placentero y alejarse de lo que no lo es.

Esta regla tan simple es la que gobierna nuestras vidas. A veces puede parecer que no es así porque las personas nos comportamos de formas muy distintas, más si pertenecemos a diferentes culturas, a diferentes generaciones o a diferentes sexos. No obstante, lo único que muestran esas diferencias de comportamiento entre seres humanos es qué hemos aprendido que es placentero o doloroso para cada uno de nosotros.

Otra cosa a tener en cuenta acerca de esta regla es que nuestras elecciones vitales no tienen por qué ser siempre sencillas, como escoger entre una cosa buenísima y otra malísima. En muchas ocasiones nos tocará, a falta de algo mejor, quedarnos con la opción menos mala. Algo que, visto desde fuera, puede hacer creer a los demás que estamos eligiendo de manera estúpida o incoherente.

Profundizando un poco en la biología de este tema, el cerebro tiene todo un sistema, llamado de recompensa, encargado de aprender qué es bueno o qué no nos gusta. Este sistema es bastante primitivo, evolutivamente hablando. Esto quiere decir que es completamente irracional y automático, tanto como lo es en un cocodrilo o en una rata. Lo que ocurre con este sistema en el ser humano es que está conectado a las áreas que son propiamente nuestras, las que nos hacen seres racionales, nuestra corteza prefrontal. Pero eso no nos hace tener mucha ventaja. La inmensa mayoría de las veces, nuestro llamado cerebro racional está completamente subyugado a ese primitivo sistema de recompensa. Y, en el mejor de los casos, lo necesitamos para tomar cualquier decisión (algo de los que nos hablan Damasio y su marcador somático).

Además, ese sistema de recompensa es absolutamente cortoplacista. Toma las decisiones en función de lo buenas o malas que son ahora, no dentro de unas horas o de unos años. Y ese cortoplacismo es mayor cuanto menos influencia conseguimos que tenga nuestra corteza prefrontal.

Partiendo de esto que ya sabemos vamos a analizar los casos del machismo y de la soltería creciente en España y Japón.


¿Por qué se impone el modelo del maltrato?

Siguiendo nuestras hipótesis de partida, el sexismo debe tener algo bueno para nuestro cerebro. ¿En qué consiste? ¿Por qué nuestro cerebro prefiere a veces exponernos a ese maltrato a no hacerlo? Estamos ante un caso en el que la persona que sufre el maltrato elige seguir sufriéndolo. Y esto sucede porque, simplemente, cree que la alternativa al mismo es peor.

Una característica de nuestro sistema de recompensa es que es bastante vulnerable a una forma de presentar los reforzadores, premios o situaciones placenteras de nuestra vida. Cuando dichas situaciones placenteras aparecen de manera continuada o previsible dejamos de sentirnos atraídos con el tiempo. Sin embargo, cuando los reforzadores surgen de manera intermitente, sin avisar, los buscamos con ahínco. Es por eso que nos gusta tanto jugar a la lotería mientras que cobrar a fin de mes mola al principio, pero luego ya no tanto.  En una relación de maltrato, los inicios suelen ser muy pasionales, se produce un enamoramiento rápido e intenso y, cuando el vínculo está afianzado y nuestro cerebro acostumbrado a su dosis diaria de placer, pero no cansado, ese placer desaparece y se torna en violencia verbal. La salida para un espectador externo sería sencilla: deja a esa persona. La salida cortoplacista para el cerebro implicado es "quiero seguir recibiendo mi dosis, esto ha debido ser un error". O, volviendo al ejemplo de la lotería: "seguro que la siguiente vez me toca, ya me tocó antes". También hay que decir que a este deseo inicial se une la imaginación. Así, se tiende a imaginar que se va a estar bien o que nos va a volver a tocar la lotería. Y ese placer, a falta del que ofrezca la realidad, le suele bastar al cerebro en muchos casos. Obviamente, si la situación se mantuviese siempre en la fase de violencia verbal y/o física, hasta el más adicto de los cerebros acabaría cansándose, pero lo que caracteriza a las relaciones de maltrato es un proceso en espiral (creciente): maltrato - disculpas - pasión - maltrato... De esta forma, el cerebro de la persona maltratada se encuentra con la peor de las situaciones de cara a una elección correcta: va a recibir recompensas intermitentes, super adictivas, rodeadas de situaciones de maltrato cada vez mayores.Y elegirá quedarse, claro, porque considerará que es mejor eso que quedarse sin nada. Como hemos dicho, desde fuera la elección parece completamente incoherente. No obstante, el cerebro de la implicada (o implicado, que los hombres también pueden sufrirlo) está optando, a corto plazo, por el mal menor. Porque ésa, como hemos dicho, es otra de las cosas que caracteriza a nuestro sistema de recompensa. Si en una situación de alta carga emocional fuésemos capaces de mirar a largo plazo tomaríamos mejores decisiones, pero nadie nos enseña que eso sea posible. Ni tampoco cómo hacerlo posible.

Lo que, en cambio, si sucede, es que las películas, los libros, la cultura, los videojuegos o la música nos enseñan lo contrario, a seguir a nuestras emociones. Y así nuestro cerebro está indefenso cuando se encuentra en tesituras como las del maltrato, que atacan tan certeramente a nuestro sistema de recompensa.

Lo de los japoneses creo que os lo dejaré a vosotros. ¿Por qué un cerebro elegiría quedarse soltero en un contexto como el suyo?

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11 octubre 2013

El primer beso, sexismo y diferencias culturales

Según la teoría de la disonancia cognitiva, las personas no quieren plantearse si sus actos pasados han sido incorrectos sino sentirse bien con ellos. Siguiendo un razonamiento parecido, un amigo me recordó hace poco algo (bien) sabido: es mucho más fácil sentir atracción por alguien y dejarte llevar si tienes las pulsaciones altas, si estás riéndote, si estás emocionalmente inestable, si acabas de pasar por algún peligro y, por supuesto, si has bebido alcohol. En esas circunstancias es mucho más sencillo que la chica, que es la que suele tener ese derecho en nuestra cultura, acepte, o quiera, un primer beso. Y una vez aceptado será mucho más sencillo que racionalice a favor del beso que en contra.

Por eso suele ser mejor la ambivalencia a la hora de ligar. Que no sepan si estás o no estás. Que crean que puedes estar con cualquiera. Esto hace que aparezca la duda, los nervios, que se incrementen las pulsaciones, y que terminen racionalizando que sienten algo por quien les hace estar así. "Hace un momento estaba conmigo, nos lo estábamos pasando genial. Pero ahora se va y está hablando con esa otra, con ese otro o se ha puesto a bailar él solo como si nada más le importase". Así, los celos o la envidia podrían no ser otra cosa que una cronificación inconsciente de este cambio de sensaciones. De ese estar pasándolo bien gracias a otra persona u objeto a que, de repente, ese objeto o persona desaparezca y con él el pasárselo bien.

Si se consigue que el proceso se repita lo suficiente el cerebro manda tantas señales de "quiero volver a sentir eso" que la persona, a no ser que haga un gran esfuerzo consciente en contra, termina por concluir que se siente atraída, o que incluso lo necesita para pasárselo bien. Y tras ese tipo de racionalización quedan pocas cosas que hacer. Pero ni siquiera es necesario llegar a la racionalización. Después de que se produzcan repetidamente ese tipo de sensaciones ya quedarían pocas cosas que hacer. Porque lo normal, lo que hacemos casi siempre, es creer a pies juntillas a nuestros sentimientos y sensaciones. Y racionalizar como sea para estar de acuerdo con ellos.

Alguien podría decir que que los ricos, los famosos o los atractivos ligan más. Es cierto. Pero es por las mismas reacciones bioquímicas. Ocurre que parten con ventaja porque a la gente le sube el pulso cuando está frente a alguien así. Proyectan el llamado efecto halo del que ya hablamos en otra ocasión. Y, como tienen un estatus alto, ni siquiera se tienen que preocupar por desaparecer y mostrarse ambivalentes: habrá otras personas que quieran captar su atención facilitándoles la tarea.

No obstante, leí hace poco un estudio que decía que hay culturas que consiguen no seguir a ciegas esos sentimientos. Así, aunque lo que contaba arriba es una realidad, su influencia disminuye enormemente cuanto más igualitaria es la cultura. Es decir, la forma de ligar cambia, la chica se vuelve más racional y se puede dar tiempo, días, semanas, para examinar al candidato detenidamente. No es que no siga sus sentimientos a ciegas sino que dispone de toda una serie de mecanismos aprendidos que le previenen contra ellos. Entre otros, quizá el más importante sea que su cultura le enseña desde que nace que no necesita al hombre para sentirse a gusto o segura. Y le ofrece alternativas para que así sea. Así, cuando hay un tío que les entretiene lo aceptan, pero si desaparece tienen recursos suficientes para no echarlo de menos en absoluto. Cuando el tío vuelve, se encuentra con que a la chica no le ha cambiado demasiado el pulso, apenas siente nada extra.

De esta forma, lo que busca una mujer de un hombre varía mucho según la cultura, derivándose de ello consecuencias importantes. Hace 35 años, cuando las mujeres no podían acceder a muchos puestos de trabajo en España, tenían que apechugar con una desigualdad enorme en las relaciones. Esta desigualdad estaba culturalmente aceptada como la forma más sencilla de sacar las familias adelante. Y lo estaba porque confluían una moral católica muy fuerte y una ausencia grande de puestos de trabajo. Con la democracia las cosas han ido cambiando. Pero no tanto. En lugar de producirse un machismo explícito, ahora se produce un insidioso machismo benevolente, que es bien aceptado por muchas mujeres y adolescentes pero igualmente dañino pues mantiene la creencia, que además se transmite por vía materna, de que la mujer es inferior y necesita al hombre. Por eso, las estadísticas no paran de recordarnos que España sigue sin ser un país igualitario. Estamos muy lejos de Noruega, por ejemplo, donde se está comprobando cómo los niños empiezan a no tener vergüenza de comportarse como "niñas". O de Holanda, donde hace un año no paré de ver mujeres conduciendo tractores, camiones o pilotando barcos, tareas que en nuestra cultura estarían reservadas al sexo masculino.

En cualquier caso, no hay que olvidar que el hombre también se encuentra atado de pies y manos en una cultura sexista. Si se comporta "como una mujer", mostrando sus sentimientos, siendo abierto, cariñoso, presumido o empático, tanto mujeres como hombres le mirarán raro. Es así. Por muy mal que suene, en culturas sexistas, las mujeres buscan que los hombres dominen y los hombres buscas que las mujeres dependan de ellos.

Por último, resulta curioso cómo los llamados mitos del amor se pueden convertir en un buen indicador de lo sexista que es una cultura y de la bioquímica subyacente, que hace que sigamos a nuestras sensaciones como si de leyes se tratasen. Estos mitos (media naranja, de los celos, de la pasión eterna, de la omnipotencia del amor, de la equivalencia entre amor y enamoramiento...), con una alta aceptación en la cultura española, alimentan la dependencia y la desigualdad.

Además, esos mitos son potenciados por la publicidad, las películas, las canciones, las series, los videojuegos, el alcohol y las fiestas o los libros. Todos esos medios de entretenimiento no sólo enseñan, lucrándose con ello, que esas creencias son correctas, sino que lo hacen explotando la misma bioquímica para que su lucro se eternice. De esa forma, nuestro cerebro practica una y otra vez la búsqueda en el exterior de cosas que nos hagan felices, volviéndonos dependientes de ellas y perdiendo el control de nuestras vidas. Es decir, las nuevas generaciones, lejos de estar mejor preparadas para separar sensaciones de acciones, lo están cada vez menos, son cada vez más incapaces de producir su propia felicidad.

¿Y qué solución hay? La de Noruega. Que el estado se implique en cambiar las cosas, alentando la igualdad, desde que los niños empiezan el colegio.

Felices primeros besos a todos ;-)

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