28 septiembre 2014

Gala León y Jackie Robinson: la misma historia?

Casi nadie sabía quién era Gala León antes de que le nombraran la primera mujer capitana del equipo español de Copa Davis. Durante su vida deportiva vivió a la sombra de Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez. Arantxa ganó 4 títulos de Grand Slam y 29 en total llegando a ser número 1 del mundo. Conchita es la única española que ha ganado Wimbledon, y consiguió llegar a número 2 acaparando un total de 33 torneos a lo largo de su carrera. Nacidas en el 71 y en el 72,  juntas formaron un tandem temible en la Copa Federación, el equivalente femenino a la Copa Davis. La ganaron 5 veces.

Gala León nació en 1973. Un año después de Conchita y dos más tarde que Arantxa. Llegó a 29 del mundo, estuvo casi siempre entre las 100 mejores entre 1996 y 2003, siendo su mejor resultado a final de año la 32 en el 2000. Ganó un solo torneo de nivel WTA. Y en la Copa Federación apenas tuvo oportunidad de participar porque Conchita y Arantxa, además de los partidos individuales, jugaban juntas también los de dobles.

Jackie Robinson nació en 1919. Jugaba a beisbol, pero no en las grandes ligas estadounidenses. No soñaba siquiera con dar el salto. Pero un día el mandamás de los Dodgers, un equipo de las grandes ligas, le incorporó a su equipo sin consultarlo con nadie.

Gala León ha estado vinculada al mundo del tenis desde que se retiró de su práctica deportiva de competición. Ha entrenado a varias jugadores de élite y ha ocupado diferentes cargos de responsabilidad. Con 40 años ha sido elegida para capitanear el equipo de la Copa Davis español. Es la primera mujer en ocupar ese puesto. Ha sido elegida unilateralmente por el mandamás, en este caso el de la Federación española de tenis. Como Jackie Robinson lo fue por el dueño de los Dodgers.

Según la Wikipedia, "Lo que vendría después fue lo que examinó la paciencia de Jackie. Según la revista deportiva Sports Illustrated, Robinson sería objeto de epítetos racistas en lo que restaría de la temporada: recibía cartas con amenazas a muerte, lanzadores que tiraban la bola hacia su cabeza y piernas; y receptores escupiendo en sus zapatos. Además, soportó un intento de rebelión de algunos de sus compañeros, amenaza de huelga por parte de los St. Louis Cardinals, y gatos negros tirados al campo. A pesar de la presión, mantuvo el control. Por soportar todos los vejámenes con silencio se ganó poco a poco el respeto de sus compañeros y eventualmente, de sus contrincantes."

Jackie Robinson era negro, el primero en jugar en las grandes ligas.

Al igual que él, Gala León está manteniendo el control. No ha hecho ni una sola declaración altisonante. No se ha encarado con nadie.

Y eso que ha recibido las críticas de jugadores, entrenadores, periodistas, etc, incluyendo algunas claramente sexistas y bastante descarnadas de Toni Nadal, el tío y entrenador de nuestro mejor tenista de siempre. Le han acusado de no conocer el tenis masculino ni a sus propios jugadores, de no tener experiencia entrenando jugadores masculinos y, en definitiva, de no estar preparada. Incluso una mujer tenista, como Vivi  Ruano, parecía asombrada por su elección, aunque un par de días después pasó a apoyarla junto a Conchita Martínez. También de su parte se ha puesto Andy Murray, que fue formado tenísticamente por su madre, y en estos momentos tiene como entrenadora a la ex número 1 Amelie Mauresmo.

Con suerte, dentro de unos años el mundo del tenis responderá a este tipo de situaciones como lo ha hecho David Ferrer, que ha acabado apoyando a su capitana. Un David Ferrer más maduro que hace 6 años, cuando le dijo a una juez de silla en el Abierto de Estados Unidos: "Eres una chica, las chicas no son capaces de hacer nada, nada".

Con no tanta suerte, puede que, como dice Tomás Carbonell, Toni Nadal haya fallado en las formas (machistas) pero no en el fondo. Puede que Gala León no esté tan preparada como lo estaba Jackie Robinson, que era un jugador excepcional, y que la cosa acabe como con la designación a dedo de Orenga como entrenador del equipo español de baloncesto. Puede que la Federación de Tenis y la de Baloncesto estén nadando en dinero, gracias a la coincidencia de dos generaciones excepcionales de jugadores, y ya no estén dirigidas por gente a la que le importa el deporte. En ese caso, la designación de Gala León, más que ayudar a la igualdad de la mujer, acabará por dificultarla.

Recomendación cinematográfica: 42. La película de Jackie Robinson.

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04 abril 2014

Sex at Dawn

I am reading the book of that name. An australian man who I met in a hostel in Belfast recommended it to me after a very interesting talk. And it is amazing. The most amazing book I have read in years. Maybe in all my life.

The book is mainly an antropologic text. It talks about our ancestors. Not only about our homo sapiens ancestors but also about our hominid ones. I had already read books of, between others, Jared Diamond and Marvin Harris, two famous anthropologists. I also knew several things about compared cognition between humans and other mammals. And I had also read, just last summer, in a Social Psychology text, that it is possible that prehistoric populations were more pacific because they did not have anything to protect. They were nomads. They had not fields, nor animals, nor houses.

Until now I had always believed that the discovery of agriculture and livestock was a total win for our species. How could it not be that way? Agriculture provided us of easy cereals, fruits and vegetables in a increasing quantity. And livestock? Instead of being obliged to hunt, we had domestic animals that we could eat whenever we wanted. That easy access to food allowed us to have more free time to create art, writings, and every discovery or invention we have made.

However, it is no that easy. There are increasing evidences, coming from many different disciplines, saying that our prehistoric ancestors did not live that bad. And, the more astonishing thing. They probably enjoyed their lifes much more than we do. However, the most incredible thing you are going to listen is that they had the better gender equality our species have ever had. And they got it through sex. Open, concupiscent, joyful, extramarital and shared sex.

Even more, what we have always considered as the beginning of civilitation, the discovery of agriculture and livestock, also brought us materialism, war and sexism. When we noticed that we had things to maintain, we started feeling possessiveness, being suspicious against foreigners and considering everything as an object, something to get. Including women.

Since the "wheel" of civilization was discovered it have never stopped rolling. The civilizations have prospered conquering new territories to feed their rising populations. Peaceful, prehistoric groups have dissapeared, pushed out their resources, killed, slaughtered or integrated into the new way of doing things. Day by day, century by century, materialism has won the war. There is no more space in our world to think different. The wheel is not a wheel. Is a monstrous engineering, made of mass media, money, religion, power and culture.

In that situation, "Stop the world, I am get off" acquires sudden sense. However, to get off is not possible anymore. Not in our world full of materialism, advertisement and cultural agreements. And, if you had not noticed it yet, everyone in history who tried to just live apart from "civilization" failed. And paid or is paying it with its life.

I almost started this blog talking about San People. I want to finish this post with them too. They are one of the latest prehistoric people still alive in our planet. They do not work more than three hours a day. They are nice, polite, smiling, joking and peaceful. They have no possesions. They are, or used to be, nomads, and women have a high, equal, status in its society. However, they have also been pushed out their original territories for centuries. And they are one of the last examples of how we treat not "culturised" people.

San People teaches us how to achieve gender equality, peace and joy. Prehistoric people had it all too. Will we learn their lessons? Could we integrate them in our fast rolling world?

Sex at Dawn. The book. 

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14 marzo 2014

Rehabilitación neuropsicológica milagrosa

Me cuenta mi hermana la historia de un niño de 12 años que, tras seccionarse una arteria cercana al corazón, estuvo en parada cardio respiratoria 20 minutos. Según lo oigo pienso en la hipoxia cerebral que eso conlleva. Cuando se priva al cerebro de oxígeno, las neuronas comienzan a morir. Cuanto más tiempo pasa, más neuronas mueren. Y no solo eso, aunque el oxígeno les vuelva a llegar a las supervivientes, muchas más terminan muriendo porque están rodeadas de conexiones que ya no llevan a ninguna parte. Y una neurona sólo tiene sentido si está interconectada con otras.

Este niño estuvo 20 minutos sin oxígeno. Los médicos que le atendieron negaban con la cabeza. No sólo eran pocas sus posibilidades de despertar del coma. Los daños por hipoxia eran tan graves que, si se despertaba, la mayoría de las funciones cerebrales que nos distingue como humanos se habrían perdido. No podría andar, ni hablar, apenas podría comunicarse...

Pero el padre de este niño, aparte de ingeniero de telecomunicación, era aficionado a la neurociencia. Y aplicó sus conocimientos para estimular el cerebro de su hijo mientras todavía permanecía inconsciente. No dejó que las neuronas supervivientes perecieran por no verse estimuladas. Les hizo trabajar. Les obligó a enviar señales sin descanso, a buscar nuevos caminos de conexión para adaptarse al entorno riquísimo en estímulos que generó. Durante 14 horas al día, 7 días a la semana, desde que sufrió la parada hace 2 años, el padre obligó al hijo a seguir adelante. Le sometió a todo tipo de ejercicios extenuantes, pero también dinámicos. Las neuronas no se podían acostumbrar. Tenían que estar siempre aprendiendo so pena de no sobrevivir. Y lo consiguieron.

Los médicos hablan de milagro. Mi hermana pregunta por qué no se aplica lo mismo a todos las personas con los mismos problemas. ¿Por qué, si el conocimiento existe, si este padre necesitado pudo acceder a él a través de manuales y estudios, no se extiende? Existen varias razones:

  • Cuesta dinero. ¿14 horas al día durante dos años de atención personalizada para cada paciente? A día de hoy es inasumible. 
  • Asimismo, nos enfrentamos a un problema ético bastante grande. El niño ha tenido que sufrir, y no poco, durante estos dos años. ¿Qué profresional aguantaría provocar ese sufrimiento? ¿Qué hospital, qué administración lo autorizaría?
  • Estamos también ante lo que se denomina estudio de caso. Se puede hacer ciencia de muchas maneras. Siempre que se puede hay que ser lo más riguroso posible, realizar pruebas con muchos sujetos, controlando todas las variables posibles. Pero, sobre todo con humanos, y con casos raros, esto es imposible. Los estudios de caso son aquellos en los que sólo tenemos un sujeto, un acontecimiento o un movimiento de estudio y casi lo único que podemos hacer es contar las decisiones que se van tomando y los resultados obtenidos. Pero los libros que leyó este padre en apuros eran libros científicos. Los conocimientos que llenaban sus páginas tuvieron que pasar por minuciosas pruebas que no dejasen lugar a dudas de su veracidad. Ensayos repetidos una y otra vez, estudios con grupos de control e idealmente de doble ciego, miles de voluntarios, donantes de órganos... Los casos únicos pueden ser muy espectaculares pero no suelen ser tan científicamente generalizables como otra clase de estudios. Estadísticamente los médicos que atendieron al chico tenían razón. Las posibilidades de las que hablaban los estudios bien controlados y con muchos sujetos eran prácticamente nulas.
  • Hay muchos más casos de padres que se equivocan que de padres que triunfan. O de personas que se equivocan por ir contra los médicos creyendo que hay más oportunidades que las que les enseñan. El estado de necesidad, de inestabilidad emocional, al que se enfrentan los pacientes terminales o sus familiares es tal que casi todos acuden desesperados a todo tipo de soluciones alternativas, provengan de donde provengan. Con esto no quiero decir que este hombre tuviera suerte. Tenía una mejor formación y probablemente era bastante más racional que la mayoría de nosotros. Pero la mayoría tienen esa formación ni son tan racionales. Un caso de inconsciencia monumental que suelo señalar es el de Steve Jobs y su cáncer de páncreas operable. No cabe duda de que, al igual que el padre de esta historia, Steve Jobs era listo y decidido, pero se empeñó en buscar alternativas a una operación quirúrgica. Y murió debido a ello.
  • Los casos de recuperación milagrosa no son escasos ni nuevos. Simplemente son una rareza estadística. Un caso famoso de hace casi 50 años, cuando no teníamos los conocimientos neurocientíficos actuales, es el de la esposa de Roald Dahl,  autor de Charlie y la fábrica de Chocolate. Tras sufrir tres aneurismas cerebrales, perdió el habla y otras funciones. Entonces su marido, en contra de la opinión y las esperanzas de los médicos, dirigió una exigente rehabilitación hasta que su esposa se recuperó.
  • Los médicos tienen muy clara cuál es la estadística y saben perfectamente a qué se enfrentarían si fuesen dando esperanzas de vida a todo el mundo que estadísticamente no las tiene. Entre otras, las consecuencias podrían llevarles a multas por mala praxis. No es extraño por tanto que sean prudentes en esta clase de casos.
Con todo esto no quiero decir que se deban olvidar estos casos. Simplemente digo que hay que tomarlos con prudencia y con rigor científico. Hay que conocer la realidad antes de poder cambiarla de forma sistemática. Y, aunque sea tentador, no suele ser un buen consejo dejarnos llevar por nuestras emociones cuando tenemos la estadística en contra. 


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21 octubre 2013

¿Por qué le gusta el sexismo al cerebro?

Al mismo tiempo que en nuestro país aparecen trabajos contándonos que el machismo está creciendo entre los adolescentes españoles, en Japón su juventud pasa olímpicamente de tener relaciones (hasta un 61% de mujeres de entre 18 y 34 no tienen una y lo mismo para un 49% de los hombres de la misma edad).

¿Por qué en España hay adolescentes que prefieren estar en una mala relación, sometidas a maltrato físico y/o psicológico antes que estar solas, como tantos jóvenes japoneses? En los artículos de El País y The Guardian se profundiza mucho sobre las razones de cada uno de los dos fenómenos. Se nombra a los medios de comunicación, a las exigencias culturales, a la publicidad, a los libros, a las películas o a los videojuegos. Pero al final, no deja de resultar curioso cómo todas esos factores sirven para explicar una situación y también la otra. ¿Cómo es eso posible? ¿Por qué las películas hacen que los japoneses no busquen pareja y que los españoles mantengan cada vez más relaciones de maltrato? ¿Qué hace posible esta aparente contradicción? La respuesta no es otra que aquello que compartimos todos los seres humanos del planeta, nuestro cerebro.

Ese maravilloso órgano nuestro tiene, como ya hemos dicho alguna vez, una función principal: la supervivencia de la especie. Y trabaja de manera incansable para conseguirla. Día y noche. Con o, las mayoría de las veces, sin nuestro conocimiento o consentimiento. ¿Y qué pauta principal sigue nuestro cerebro para que la especie sobreviva? Acercarse a lo placentero y alejarse de lo que no lo es.

Esta regla tan simple es la que gobierna nuestras vidas. A veces puede parecer que no es así porque las personas nos comportamos de formas muy distintas, más si pertenecemos a diferentes culturas, a diferentes generaciones o a diferentes sexos. No obstante, lo único que muestran esas diferencias de comportamiento entre seres humanos es qué hemos aprendido que es placentero o doloroso para cada uno de nosotros.

Otra cosa a tener en cuenta acerca de esta regla es que nuestras elecciones vitales no tienen por qué ser siempre sencillas, como escoger entre una cosa buenísima y otra malísima. En muchas ocasiones nos tocará, a falta de algo mejor, quedarnos con la opción menos mala. Algo que, visto desde fuera, puede hacer creer a los demás que estamos eligiendo de manera estúpida o incoherente.

Profundizando un poco en la biología de este tema, el cerebro tiene todo un sistema, llamado de recompensa, encargado de aprender qué es bueno o qué no nos gusta. Este sistema es bastante primitivo, evolutivamente hablando. Esto quiere decir que es completamente irracional y automático, tanto como lo es en un cocodrilo o en una rata. Lo que ocurre con este sistema en el ser humano es que está conectado a las áreas que son propiamente nuestras, las que nos hacen seres racionales, nuestra corteza prefrontal. Pero eso no nos hace tener mucha ventaja. La inmensa mayoría de las veces, nuestro llamado cerebro racional está completamente subyugado a ese primitivo sistema de recompensa. Y, en el mejor de los casos, lo necesitamos para tomar cualquier decisión (algo de los que nos hablan Damasio y su marcador somático).

Además, ese sistema de recompensa es absolutamente cortoplacista. Toma las decisiones en función de lo buenas o malas que son ahora, no dentro de unas horas o de unos años. Y ese cortoplacismo es mayor cuanto menos influencia conseguimos que tenga nuestra corteza prefrontal.

Partiendo de esto que ya sabemos vamos a analizar los casos del machismo y de la soltería creciente en España y Japón.


¿Por qué se impone el modelo del maltrato?

Siguiendo nuestras hipótesis de partida, el sexismo debe tener algo bueno para nuestro cerebro. ¿En qué consiste? ¿Por qué nuestro cerebro prefiere a veces exponernos a ese maltrato a no hacerlo? Estamos ante un caso en el que la persona que sufre el maltrato elige seguir sufriéndolo. Y esto sucede porque, simplemente, cree que la alternativa al mismo es peor.

Una característica de nuestro sistema de recompensa es que es bastante vulnerable a una forma de presentar los reforzadores, premios o situaciones placenteras de nuestra vida. Cuando dichas situaciones placenteras aparecen de manera continuada o previsible dejamos de sentirnos atraídos con el tiempo. Sin embargo, cuando los reforzadores surgen de manera intermitente, sin avisar, los buscamos con ahínco. Es por eso que nos gusta tanto jugar a la lotería mientras que cobrar a fin de mes mola al principio, pero luego ya no tanto.  En una relación de maltrato, los inicios suelen ser muy pasionales, se produce un enamoramiento rápido e intenso y, cuando el vínculo está afianzado y nuestro cerebro acostumbrado a su dosis diaria de placer, pero no cansado, ese placer desaparece y se torna en violencia verbal. La salida para un espectador externo sería sencilla: deja a esa persona. La salida cortoplacista para el cerebro implicado es "quiero seguir recibiendo mi dosis, esto ha debido ser un error". O, volviendo al ejemplo de la lotería: "seguro que la siguiente vez me toca, ya me tocó antes". También hay que decir que a este deseo inicial se une la imaginación. Así, se tiende a imaginar que se va a estar bien o que nos va a volver a tocar la lotería. Y ese placer, a falta del que ofrezca la realidad, le suele bastar al cerebro en muchos casos. Obviamente, si la situación se mantuviese siempre en la fase de violencia verbal y/o física, hasta el más adicto de los cerebros acabaría cansándose, pero lo que caracteriza a las relaciones de maltrato es un proceso en espiral (creciente): maltrato - disculpas - pasión - maltrato... De esta forma, el cerebro de la persona maltratada se encuentra con la peor de las situaciones de cara a una elección correcta: va a recibir recompensas intermitentes, super adictivas, rodeadas de situaciones de maltrato cada vez mayores.Y elegirá quedarse, claro, porque considerará que es mejor eso que quedarse sin nada. Como hemos dicho, desde fuera la elección parece completamente incoherente. No obstante, el cerebro de la implicada (o implicado, que los hombres también pueden sufrirlo) está optando, a corto plazo, por el mal menor. Porque ésa, como hemos dicho, es otra de las cosas que caracteriza a nuestro sistema de recompensa. Si en una situación de alta carga emocional fuésemos capaces de mirar a largo plazo tomaríamos mejores decisiones, pero nadie nos enseña que eso sea posible. Ni tampoco cómo hacerlo posible.

Lo que, en cambio, si sucede, es que las películas, los libros, la cultura, los videojuegos o la música nos enseñan lo contrario, a seguir a nuestras emociones. Y así nuestro cerebro está indefenso cuando se encuentra en tesituras como las del maltrato, que atacan tan certeramente a nuestro sistema de recompensa.

Lo de los japoneses creo que os lo dejaré a vosotros. ¿Por qué un cerebro elegiría quedarse soltero en un contexto como el suyo?

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11 octubre 2013

El primer beso, sexismo y diferencias culturales

Según la teoría de la disonancia cognitiva, las personas no quieren plantearse si sus actos pasados han sido incorrectos sino sentirse bien con ellos. Siguiendo un razonamiento parecido, un amigo me recordó hace poco algo (bien) sabido: es mucho más fácil sentir atracción por alguien y dejarte llevar si tienes las pulsaciones altas, si estás riéndote, si estás emocionalmente inestable, si acabas de pasar por algún peligro y, por supuesto, si has bebido alcohol. En esas circunstancias es mucho más sencillo que la chica, que es la que suele tener ese derecho en nuestra cultura, acepte, o quiera, un primer beso. Y una vez aceptado será mucho más sencillo que racionalice a favor del beso que en contra.

Por eso suele ser mejor la ambivalencia a la hora de ligar. Que no sepan si estás o no estás. Que crean que puedes estar con cualquiera. Esto hace que aparezca la duda, los nervios, que se incrementen las pulsaciones, y que terminen racionalizando que sienten algo por quien les hace estar así. "Hace un momento estaba conmigo, nos lo estábamos pasando genial. Pero ahora se va y está hablando con esa otra, con ese otro o se ha puesto a bailar él solo como si nada más le importase". Así, los celos o la envidia podrían no ser otra cosa que una cronificación inconsciente de este cambio de sensaciones. De ese estar pasándolo bien gracias a otra persona u objeto a que, de repente, ese objeto o persona desaparezca y con él el pasárselo bien.

Si se consigue que el proceso se repita lo suficiente el cerebro manda tantas señales de "quiero volver a sentir eso" que la persona, a no ser que haga un gran esfuerzo consciente en contra, termina por concluir que se siente atraída, o que incluso lo necesita para pasárselo bien. Y tras ese tipo de racionalización quedan pocas cosas que hacer. Pero ni siquiera es necesario llegar a la racionalización. Después de que se produzcan repetidamente ese tipo de sensaciones ya quedarían pocas cosas que hacer. Porque lo normal, lo que hacemos casi siempre, es creer a pies juntillas a nuestros sentimientos y sensaciones. Y racionalizar como sea para estar de acuerdo con ellos.

Alguien podría decir que que los ricos, los famosos o los atractivos ligan más. Es cierto. Pero es por las mismas reacciones bioquímicas. Ocurre que parten con ventaja porque a la gente le sube el pulso cuando está frente a alguien así. Proyectan el llamado efecto halo del que ya hablamos en otra ocasión. Y, como tienen un estatus alto, ni siquiera se tienen que preocupar por desaparecer y mostrarse ambivalentes: habrá otras personas que quieran captar su atención facilitándoles la tarea.

No obstante, leí hace poco un estudio que decía que hay culturas que consiguen no seguir a ciegas esos sentimientos. Así, aunque lo que contaba arriba es una realidad, su influencia disminuye enormemente cuanto más igualitaria es la cultura. Es decir, la forma de ligar cambia, la chica se vuelve más racional y se puede dar tiempo, días, semanas, para examinar al candidato detenidamente. No es que no siga sus sentimientos a ciegas sino que dispone de toda una serie de mecanismos aprendidos que le previenen contra ellos. Entre otros, quizá el más importante sea que su cultura le enseña desde que nace que no necesita al hombre para sentirse a gusto o segura. Y le ofrece alternativas para que así sea. Así, cuando hay un tío que les entretiene lo aceptan, pero si desaparece tienen recursos suficientes para no echarlo de menos en absoluto. Cuando el tío vuelve, se encuentra con que a la chica no le ha cambiado demasiado el pulso, apenas siente nada extra.

De esta forma, lo que busca una mujer de un hombre varía mucho según la cultura, derivándose de ello consecuencias importantes. Hace 35 años, cuando las mujeres no podían acceder a muchos puestos de trabajo en España, tenían que apechugar con una desigualdad enorme en las relaciones. Esta desigualdad estaba culturalmente aceptada como la forma más sencilla de sacar las familias adelante. Y lo estaba porque confluían una moral católica muy fuerte y una ausencia grande de puestos de trabajo. Con la democracia las cosas han ido cambiando. Pero no tanto. En lugar de producirse un machismo explícito, ahora se produce un insidioso machismo benevolente, que es bien aceptado por muchas mujeres y adolescentes pero igualmente dañino pues mantiene la creencia, que además se transmite por vía materna, de que la mujer es inferior y necesita al hombre. Por eso, las estadísticas no paran de recordarnos que España sigue sin ser un país igualitario. Estamos muy lejos de Noruega, por ejemplo, donde se está comprobando cómo los niños empiezan a no tener vergüenza de comportarse como "niñas". O de Holanda, donde hace un año no paré de ver mujeres conduciendo tractores, camiones o pilotando barcos, tareas que en nuestra cultura estarían reservadas al sexo masculino.

En cualquier caso, no hay que olvidar que el hombre también se encuentra atado de pies y manos en una cultura sexista. Si se comporta "como una mujer", mostrando sus sentimientos, siendo abierto, cariñoso, presumido o empático, tanto mujeres como hombres le mirarán raro. Es así. Por muy mal que suene, en culturas sexistas, las mujeres buscan que los hombres dominen y los hombres buscas que las mujeres dependan de ellos.

Por último, resulta curioso cómo los llamados mitos del amor se pueden convertir en un buen indicador de lo sexista que es una cultura y de la bioquímica subyacente, que hace que sigamos a nuestras sensaciones como si de leyes se tratasen. Estos mitos (media naranja, de los celos, de la pasión eterna, de la omnipotencia del amor, de la equivalencia entre amor y enamoramiento...), con una alta aceptación en la cultura española, alimentan la dependencia y la desigualdad.

Además, esos mitos son potenciados por la publicidad, las películas, las canciones, las series, los videojuegos, el alcohol y las fiestas o los libros. Todos esos medios de entretenimiento no sólo enseñan, lucrándose con ello, que esas creencias son correctas, sino que lo hacen explotando la misma bioquímica para que su lucro se eternice. De esa forma, nuestro cerebro practica una y otra vez la búsqueda en el exterior de cosas que nos hagan felices, volviéndonos dependientes de ellas y perdiendo el control de nuestras vidas. Es decir, las nuevas generaciones, lejos de estar mejor preparadas para separar sensaciones de acciones, lo están cada vez menos, son cada vez más incapaces de producir su propia felicidad.

¿Y qué solución hay? La de Noruega. Que el estado se implique en cambiar las cosas, alentando la igualdad, desde que los niños empiezan el colegio.

Felices primeros besos a todos ;-)

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01 octubre 2013

Vipássana: la técnica.

En el anterior artículo habíamos visto qué buscaba Buda cuando inventó la técnica. Quería, como buen hinduista, no alterar su karma, separar sus acciones de sus instintos aumentando sistemáticamente la consciencia de los mismos.

Buda perseguía con ello alcanzar el paraíso de su religión, abandonar la rueda de reencarnaciones. Hoy en día, en cambio, lo que le interesa a la ciencia, y no poco, son las consecuencias prácticas de la técnica que inventó.

Parece que Buda se dio cuenta, ya en aquella época, de que las emociones llevan asociadas sensaciones corporales. Cuando vemos, oímos, tocamos, olemos o saboreamos algo, nuestro cuerpo reacciona automáticamente provocando una sensación corporal. Ver una serpiente hace que nuestro cuerpo se ponga en tensión, oír a un niño llorar despertará a cualquier progenitor por dormido que esté, tocar algo suave nos inducirá calma, oler algo en estado de descomposición hará que queramos alejarnos de un lugar y sentir cómo un trago de agua fresca recorre nuestra sedienta boca nos tranquilizará, relajando nuestros músculos.

Estas respuestas naturales tan características son, en principio, sólo corporales. Implican aumento o disminución del torrente sanguíneo, estado o no de alerta… No son conductas aprendidas sino que tienen un factor genético muy fuerte. Una persona que nunca haya visto una serpiente siempre sentirá que su cuerpo se pone en tensión al ver una por primera vez.

Lo que ocurre es que nuestro cerebro inmediatamente aprende a asociar y memorizar situaciones y sus sensaciones con sentimientos agradables o desagradables. Esos sentimientos agradables se producen al activarse nuestros circuitos de recompensa, de tal manera que nos volvemos adictos a ese tipo desensación. Nos gusta. “Sentimos” que es buena y tendemos a buscarla.

Lo contrario sucede cuando nuestro cuerpo se encuentra con sensaciones desagradables. Recuerda que las últimas veces que se encontró con ellas hubo peligro y no quiere volver a exponerse a ellas. Las “sentimos” como malas. Tendemos a evitarlas.

Ahora bien, aprender a buscar lo satisfactorio y evitar lo doloroso es una capacidad que tiene cualquier vertebrado. Pero el ser humano viene con un par de extras. Por un lado, somos capaces de aprender un lenguaje y asociar palabras e historias a sensaciones. Con lo cual no necesitamos que una situación nos provoque una sensación. Nos basta con pensar en la situación, sin necesidad de vivirla. Además, podemos incluso tener las sensaciones de otro a través de la llamada empatía.

Estas capacidades nos han dado enormes réditos como especie. Durante decenas de miles de años hemos sido capaces de imaginar situaciones peligrosas sin necesidad de exponernos a ellas, elaborando así estrategias de futuro sin correr riesgos. También hemos sido capaces de aprender de nuestros errores rememorando hechos pasados. Asimismo, a través de la empatía, hemos creado vínculos sociales cada vez más fuertes y extensos, lo cual nos ha protegido frente a todo tipo de peligros.

Estas tres cosas eran realmente útiles cuando nos jugábamos la vida día tras día en la prehistoria. Pero desde que el hombre descubrió la agricultura empezamos a disfrutar de algo que, hasta entonces, era un bien escaso: el tiempo libre.

Por así decirlo, hasta entonces los seres humanos siempre andaban apretándose el cinturón para llegar a fin de mes. Sin control sobre lo que iban a poder obtener de la naturaleza, cada hombre, mujer y niño de una tribu, incluyendo los supuesto jefes o chamanes, tenían que implicarse al máximo en todo tipo de tareas esenciales para la supervivencia (y ni así lo conseguían en muchos casos). En cambio, cuando surgen la agricultura y la ganadería resulta posible almacenar alimentos, todo se vuelve menos peligroso (salvo que al aglomerarnos somos más vulnerables a epidemias), y aparece una figura encargada de gestionar las reservas. Esa persona encargada está todavía menos expuesta a peligros vitales, y como tiene el alimento de la tribu en sus manos, adquiere poder y, gracias a él, tiempo libre, al menos para sus allegados..

Sin embargo, de la genética no se libra nadie. El cerebro de esa persona sigue siendo el de un ser humano, preparado para recordarle errores pasados y advertirle sobre el futuro. Durante todas las horas del día, durante todos los días de su vida. Y como no hay nada vital sobre lo que elucubrar se dedica a rememorar o advertir acerca de trivialidades. Trivialidades que, a base de ser repetidas una y otra vez, se vuelven importantes. Esto es con lo que se encontró Buda, que era un príncipe con mucho tiempo libre en una sociedad de agricultores ganaderos, y lo que Buda trató de resolver. Y también es con lo que nos encontramos en nuestro mundo moderno, una de las incomodidades que nos ha traído el estado de bienestar.

¿Cómo lo intentó resolver aquel príncipe? Como hemos dicho, se dio cuenta de que había una conexión permanente entre sensaciones corporales, sentimientos y palabras (dichas, escuchadas o pensadas). Se dio cuenta de que el karma aumentaba porque sus actos obedecían inmediatamente a sus sensaciones corporales. Eso a veces resultaba correcto (reacción frente a serpientes). Sin embargo, en otras ocasiones esas sensaciones corporales nada tenían que ver con el presente. Eran fruto de un pensamiento, de un recuerdo, de una fantasía. Y su cuerpo las seguía también. Así que inventó una técnica para ponerse en medio y que la conexión sensación-acción no fuese inmediata. Una técnica que le diese tiempo para decidir qué hacer. Y lo más importante, ideó un contexto que permitía que cualquiera, en un corto espacio de tiempo, fuera capaz de darse cuenta de que ponerse en medio era viable y beneficioso. 

Ese contexto, el contexto en el que se desarrolla la práctica de Vipássana, es muy, muy importante. Durante 10 días, las personas, voluntariamente, se abstienen de hablar, mirar o intentar comunicarse de cualquier forma con otras personas. También se abstienen de entretenerse con cualquier cosa (TV, Internet, escritura, pintura, rezos, lectura, ejercicio físico, personas del sexo contrario). La técnica se practica durante 10 horas al día, al final de las cuales se escucha una charla aclaratoria, en la que se alienta y se previene sobre posibles errores.

La técnica no es difícil. Básicamente consiste en estar atento a tus sensaciones corporales, cuando tú quieres, de una manera sistemática, sin importar cuáles sean. Así, te terminas dando cuenta de que las sensaciones no tienen por qué ser seguidas de una acción. El dolor, el placer, la búsqueda de sensaciones perdidas por no tenerlas a tu alcance en tu aislamiento, el picor, el sudor, todo deja de molestarte o apetecerte, todo pierde fuerza con el tiempo. Porque te das tanto tiempo que no puede ser de otra manera. También los pensamientos, que van y vienen durante la práctica, pierden fuelle cuando no les haces caso. Y, al cabo de las más de 100 horas de meditación e introspección que tiene el curso de 10 días, te das cuenta de dos cosas. Primero de que estás agotado. Segundo, de que no es necesario seguir a tus sentimientos o a tus sensaciones, y de que es mucho más difícil de ver en tu mundo, lleno de entretenimiento y cosas que hacer inmediatamente.

Ya desde un punto de vista psicológico, la técnica es espectacular. Cumple todos los requisitos de éxito terapéutico, comenzando por conseguir que una persona se comprometa a seguir un tratamiento, lo cual es el principal indicador de éxito del mismo. Por otra parte, los tratamientos intensivos se han demostrado al menos igual de eficaces que los de larga duración en multitud de terapias. Y la técnica en sí, consistente en observar tus sensaciones, lleva más de 20 años utilizándose con éxito en la Universidad de Massachusetts, en pacientes con estrés crónico.

Además, la meditación es un elemento que aparece de manera recurrente en las llamadas Terapias de 3ª Generación, las más modernas y con mayor soporte científico de las existentes en la actualidad. La meditación no es para estas terapias, que consiguen muy buenos resultados en todo tipo detrastornos, algo de carácter esotérico. Es una técnica que permite a la persona no dejarse llevar por los impulsos que le han dado problemas históricamente. Por ejemplo, para la más extendida de todas, para la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT en inglés), meditar ayuda a mejorar la llamada defusión (separar sentimientos y pensamientos de acciones).

Otro término muy en boga últimamente en los tratamientos psicológicos es el llamado Mindfulness, o atención plena. Mindfulness es una carácterística de la meditación e incide en la necesidad de permanecer atento en la vida cotidiana, apreciando cada momento porque es el único sobre el que tenemos auténtico control. Advierte acerca de que no podemos cambiar el pasado por mucho que pensemos en él. Y de que tampoco podemos cambiar el futuro por mucho que lo imaginemos. Pero si no paramos de pensar en uno y otro, perdemos el presente. La atención plena te enseña a estar centrado en lo que sucede ahora mismo.

Así, la meditación, ya sea como un ingrediente de una terapia o de forma aislada, funciona. Cada vez más estudios así parecen indicarlo. Pero aprender a meditar no es fácil (yo lo había intentado unas cuantas veces). Y, aunque se aprenda, es como cuando te sacas el carnet de conducir, los automatismos que realmente te benefician, que puedes aplicar a la vida cotidiana, no llegan hasta que has conducido un mínimo de 50.000 km. Vipássana te ofrece las dos cosas: primero la oportunidad de sacarte el carnet en un corto espacio de tiempo, de forma gratuita (si quieres, cuando terminas el curso, puedes donar algo, pero nadie te pide que lo hagas). Y luego te previene de que, para obtener los mejores resultados, practiques todos los días.

Enlace a la web de Vipássana.
Libro de meditación para niños. Recomendada para que aprendan a no dejarse llevar por sus impulsos.
Libro con la técnica de Kabat-Zinn.
Manual de ACT.


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25 septiembre 2013

Vipássana: la historia

El ser humano inventó la agricultura hace 10.000 años en Mesopotamia. Sin grandes barreras naturales o climáticas, dicho conocimiento, y el de la ganadería, se extendió hacia el Este y, en el 7000 a.C., aparecieron los primeros cultivos en el valle del Indo.

5000 años después, hacia el II milenio a.C. el valle del Indo estaba en su apogeo. Rico en recursos gracias a sus ríos, contaba con más de 5 millones de personas y conocía la planificación urbanística, el alcantarillado o la escritura.

Sin embargo, al igual que sucedió en Mesopotamia, hacia el 1500 a.C. aquella civilización colapsó, probablemente por un cambio climático, dejando paso al dominio védico, un pueblo de pastores que acabó volviéndose sedentario.

Hacia el 600 a.C. el dominio védico se había traducido en 16 monarquías hereditarias, cuyos gobernantes, apoyados por sacerdotes, decían estar emparentados con dinastías celestiales. A veces decían descender del Sol y a veces de la Luna. Fuera como fuese, los ritos religiosos estaban controlados por una élite que también ostentaba el poder. En ese contexto apareció el Hinduismo.  Y aunque con raíces védicas, la nueva religión permitía una salvación más democrática, sin necesidad de pasar por los sacerdotes.

Perteneciente a un clan hinduista del reino de Sakia, al pie de los Himalayas, Buda Gautama disfrutó de todos los placeres de una vida principesca al mismo tiempo que vivió una época convulsa, en la que se atacaban los cultos establecidos. Como noble y persona instruida, Buda recibió una educación y se versó en la religión hinduista, que es monoteísta con múltiples manifestaciones divinas y cree en la reencarnación. A través de dichas enseñanzas, Buda aprendió diferentes métodos parra llegar a la liberación (fundirse con el dios único), algo que se alcanzaba deshaciéndose del karma, bueno o malo, que se arrastra de vidas pasadas.

Pero a Buda no parecieron terminar de convencerle los métodos que había aprendido. Era un noble. Tenía dinero, poder y todo lo que pudiera desear. Tenía también tiempo libre para practicar y pensar. Lo hacía y, aún así, no alcanzaba la liberación.

¿Qué buscaba Buda? ¿Buscaba simplemente dejar de sufrir? La liberación, según le habían enseñado, consistía en llegar a un balance nulo de karma. No tener cosas que pagar ni cosas que recibir al finalizar su vida le harían fundirse con la Luz divina. Ése era su objetivo. Buda no sólo buscaba no tener que sufrir sino que también buscaba no recoger más frutos de buenas acciones en vidas futuras, porque eso también significaba reencarnarse. Si quería iluminarse, tenía que distanciarse de sus acciones, de manera que dichas acciones no entrasen a formar parte de su cuenta de resultados del karma.

Así que ideó su propio método. Un método con el que poder alejarse en vida de lo que sentía su cuerpo, haciéndole capaz de no seguir sus impulsos, ni los buenos ni los malos. Había creado Vipassana. Una técnica que, desde un punto de vista práctico, te permite pararte a pensar y tomar mejores decisiones.

De paso, también había fundado el budismo. Pero eso es otra historia.

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