10 agosto 2008

El poder de la imaginación

Desde pequeño he escuchado que lo que importa es lo que se hace, lo que se intenta, no lo que se imagina. Y la verdad es que estuve bastante convencido de ello hasta que vi Matrix (atención que viene un spoiler) hace ahora casi 10 años.

Thomas A. Anderson (Keanu Reeves) de día es programador informático y por las noches un hacker que utiliza el alias de Neo. Se pasa la vida buscando a una persona, Morfeo (Laurence Fishburne), y la respuesta a una pregunta: ¿Qué es Matrix?.

Neo descubre que el mundo en el que creía vivir no es más que una simulación virtual a la que se encuentra conectado mediante un cable enchufado en su cerebro. Los miles de millones de personas que viven (conectadas) a su alrededor, están siendo cultivadas del mismo modo para poder dar energía a las máquinas. Esta ilusión colectiva (o simulación interactiva) es conocida como Matrix.
Sin llegar al punto de que toda tu vida pueda ser imaginación, algo que sin duda llegará algún día, resulta curioso comprobar, ya hoy, cómo imaginar algo puede tener los mismos efectos a nivel cerebral que llevarlo a cabo .

Además, dejando de lado que mucho del entretenimiento de los últimos tiempos no sea sino una extensión más o menos lograda de nuestra imaginación (TV, videojuegos, música, libros, etc.), también hay que tener en cuenta que, por ejemplo al practicar un deporte, imaginar un movimiento también activa las mismas áreas del cerebro que realizarlo, por lo que ejercitar la imaginación supone un entrenamiento muy productivo.

Y para terminar esta aplicación que acabo de leer en Mind Hacks: una terapia a base de imaginar que un miembro amputado sigue ahí ha conseguido que pacientes sin una extremidad dejen de padecer dolor en ella cuando ya no existe. La base para entender esto, como todo lo anterior, es saber que el cerebro controla todo: el cuerpo y lo que rodea al cuerpo. Para ello tiene asignados una serie de recursos que le permiten procesar las diferentes informaciones del mundo "exterior". Por ello, aunque el mundo exterior llegue a faltar, el cerebro seguirá a lo suyo, siempre que nosotros no le insistamos en decirle que la realidad es otra. Y, por supuesto, y en principio, no tiene por qué haber nada de malo en ello.

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3 comentarios:

Rous dijo...

Bueno, lo único malo que puede pasar es que su cerebro conserve el antiguo esquema corporal sobre su cuerpo e intente utilizar el miembro que ya no tiene. Eso creará un conflicto entre la información que posee y la que capta del exterior, lo que es a todas luces poco adaptativo. Como tú has escrito, el cerebro tiene una gran plasticidad y puede reorganizar las conexiones entre sus neuronas para ajustarse al entorno cambiante (en realidad, en eso consiste la vida).
Por otra parte, cada vez que recordamos reinterpretamos el contenido del recuerdo, aportándole incluso nueva información, y establecemos nuevas conexiones y fortalecemos otras ya existentes. Por tanto recordar, (e imaginar, que supone reconstrucciones más improbables o inusuales de recuerdos) equivale a practicar o revivir a efectos cerebrales.

Un barquero chiquitito dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Un barquero chiquitito dijo...

Ya, pero la cuestión aquí es que hacer cualquier ejercicio físico altera (establece, fortalece o debilita) algunas conexiones neuronales análogas a las utilizadas cuando se recuerda (pequeña reinterpretación) o se imagina (gran reinterpretación) un ejercicio similar. Y eso es lo que se puede aprovechar.

En cuanto a lo de imaginar el brazo amputado: sí, es menos adaptativo pero también parece que es mucho menos doloroso. Y teniendo en cuenta que el ser humano ya no tiene por qué seguir a pies juntillas las reglas de la evolución para sobrevivir (el menos adaptado ya no desaparece de generación en generación), no me parece mala solución que un manco tarde un poco más en acostumbrarse a que no tiene una parte de su cuerpo (porque lo terminará haciendo) si eso le va a ahorrar dolor físico.