12 junio 2007

Sobre la utilidad de las normas (y II)

Después de rememorar algunos momentos de mi etapa de (monitor de) campamentos en una conversación vía messenger me he puesto a pensar en todas las normas que no sirven para nada. Ir de campamentos es casi como ser funcionario: algo muy gordo tienes que hacer para que te echen. Al principio de la quincena te leen la lista (que tú ya deberías conocer) de todas las cosas que están prohibidas. Y una por una te las saltarás. De hecho, en algunos casos, lo harás sólo por el placer de infringirlas. Esto está íntimamente relacionado con el hecho de que, en un campamento, existe una necesidad urgente de sentirse aceptado. Tienes un tiempo limitado para pasarlo bien y cuanto antes formes parte de un grupo (piensas) antes comenzarás a hacerlo. Y las pruebas, no sólo de acceso sino también de permanencia (o ascenso) en el grupo, consisten muchas veces en cuestionar la autoridad. Lo mismo sucede en los colegios, los institutos o las universidades. El alcohol, las drogas, las gamberradas o muchas de las discusiones de padres e hijos vienen provocadas por la necesidad del joven de sentirse aceptado en su grupo de amigos. Cada nueva hazaña cuenta. Entonces ¿de qué sirve poner esas reglas si se las van a saltar, incluso con ahínco?

Resulta curioso como toda esa necesidad de sentirse aceptado desaparece cuando el joven comienza a tomar responsabilidades (trabajo, casa, hijos, etc). Se pasa de quebrantar las normas a someterse a ellas. A respetar la autoridad por el mero hecho de serla, a no actúar frente a todo tipo de situaciones problemáticas por miedo a que te salpiquen. Se pasa de cuestionar todo por sistema a no cuestionar nada por sistema. De una norma no escrita a otra norma no escrita. De no pensar a continuar sin hacerlo. No hay contradicción en ello. Todo lo contrario, se hace lo que se ha venido entrenando durante años. El niño que sea capaz de valorar la necesidad de quebrantar una norma, que sepa por qué hace lo que hace y asuma sus actos cuando es pequeño será capaz de hacer lo mismo cuando se vuelva un adulto. El niño que se quiera sentir aceptado y quebrante todo lo quebrantable para conseguirlo está buscando seguridad, la misma que creerá encontrar no enfrentándose a las normas "de facto" cuando sea un adulto.

Por eso, para mí, más que la de poner normas, la función de los padres, profesores y población adulta en general es la de hacer una continúa evaluación de esas normas junto a los más jóvenes. Si de verdad son necesarias (y niños, jóvenes y adultos deberían poder ponerse de acuerdo en ello) tendrán que ser cumplidas. En cualquier otro caso ponerlas tendrá sólo un efecto contraproducente porque una regla que no necesita ser cumplida siempre acarreará un castigo asumible (e incluso deseable) por el infractor dada la recompensa en popularidad que se puede llegar a obtener.

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2 comentarios:

Eva dijo...

yo simplemente creo q se idean millones de normas quebrantables para q estemos entretenidos en quebrantarlas y así no pensemos en quebrantar otras más opresaras q podrían conducir a la poblacion a un estado de caos y derrumbar los poderes. ;)
bics

Ibn Luanda dijo...

que paranoico, no? :-p